De autocracias neutrales a transiciones atlantistas: Turquía, España, Portugal y Grecia, 1939-1981 (y 4)
A comienzos de los años setenta, Franco podía contemplar con cierta satisfacción la evolución del régimen en relación al destino de los compañeros de viaje de 1939, aquellas autocracias neutralistas que una vez concluida la Segunda Guerra Mundial habían iniciado caminos dispares para acomodarse a la nueva situación internacional que dictaba el enfrentamiento bipolar. Un cuarto de siglo más tarde, Grecia parecía haber regresado a los tiempos de Metaxas de la mano de los coroneles golpistas. Los difíciles años de la primera transición parecían no haber servido para nada. Turquía, el otro componente del tándem interactivo, también estaba siendo tutelada por militares y así iba a seguir durante dos años. Por entonces, la situación en el país era muy incierta y un veterano diplomático turco como era Zeki Kuneralp, que presentó sus cartas credenciales en Madrid en noviembre de 1972, no escondió su admiración por el régimen en sus informes. A juzgar por un estudio comparativo que remitió a Ankara años después, la difícil situación política en Turquía tuvo mucho que ver con esta impresión favorable[1]. Mientras tanto y aunque para entonces ya resultaba evidente que en España existía un problema de terrorismo y los conflictos sindicales eran cada vez más contundentes, la situación del régimen no había variado sustancialmente: a comienzos de los años setenta, Franco seguía manteniendo con firmeza las riendas del poder. En el vecino Portugal, Salazar había quedado incapacitado un poco antes, en 1968, pero el Consejo de Estado escogió a Marcelo Caetano para sucederle. Éste intentó modernizar y liberalizar el ya caduco Estado Novo, pero la vieja guardia de viejos salazaristas conocida como “el búnker”, en la que militaban algunos de los poderes fácticos más influyentes del país, conjuraron con relativa facilidad tales experimentos.
Y sin embargo, en el intervalo de unos pocos años, hacia mediados de los setenta, la situación dio un vuelco generalizado y todo cambió con gran celeridad. Los primeros en salir del impasse fueron los turcos, que el 14 de octubre de 1973 celebraron elecciones generales y volvieron a la senda de la democracia. En realidad, como se pudo constatar incluso en los meses finales de su régimen tutelar, la intervención militar había resultado notablemente inefectiva. Ya en abril de 1972, Erim había dimitido al no lograr de la Gran Asamblea poderes extraordinarios para gobernar por decreto. Al cabo de un año, los militares quisieron imponer a uno de lo suyos al frente de la presidencia de la república, pero por una vez, los líderes de los partidos más importantes, Eçevit y Demirel, se pusieron de acuerdo para rechazar como candidato al general Faruk Gürler, jefe de Estado Mayor y hombre fuerte del golpe.
Pocos meses más tarde, en abril de 1974, tuvo lugar la “Revolución de los Claveles” en Portugal. Curiosamente, en sus orígenes el golpe militar que terminó con la dictadura salazarista tuvo sus orígenes en causas corporativas de mandos intermedios, relacionadas a su vez con las impopulares guerras coloniales que el ejército debía librar en las posesiones africanas del imperio con armas inadecuadas, debido ello al embargo en la venta de armas decretado por los Estados Unidos y otras potencias occidentales contra Portugal. Pero lo cierto fue que la Revolución de los Claveles llevó al desmoronamiento del régimen, y un año más tarde ya se estaban convocando elecciones para la formación de una Asamblea constituyente. Así comenzó la transición portuguesa mientras que, por primera vez en su historia, el vecino régimen franquista quedaba completamente aislado tras la desaparición de su socio dictatorial en la Península Ibérica.
Ese mismo verano se iniciaba el comienzo del fin para la dictadura de los coroneles en Grecia. A finales de 1973, un grupo de militares de la línea dura y encabezados por el general Ioannidis, dieron un golpe interno que derrocó al también general Papadópulos, hasta entonces el hombre fuerte de la junta. La nueva directiva se embarcó en una huida hacia delante que llevó a respaldar un golpe de extrema derecha en Chipre con la intención de terminar con su independencia y forzar la enosis o unión con Grecia. Los disturbios interétnicos en los que la minoría étnica turca de la isla llevaba la peor parte, forzaron la invasión del norte de Chipre por el Ejército turco, el 20 de julio de 1974. La movilización griega fue un completo desastre, lo cual provocó que la mayoría de la oficialidad dejara solo a Ioannidis. Se llamó a Caramanlís, que regresó de su exilio parisino convertido en un De Gaulle griego, y sólo cuatro días después de haber comenzado la operación militar turca, ya juraba el cargo de primer ministro. Sólo cuatro meses después de la Revolución de los Claveles, comenzaba la segunda transición griega.
En noviembre del año siguiente moría el general Franco y caía la última de las autocracias. Durante unos pocos años, entre 1971 y 1973, los cuatro compañeros de viaje de 1939 había vuelto a reunirse en el territorio de la autocracia. Pero en el otoño de 1975, sólo dos años más tarde, todos estaban reconvirtiéndose hacia la democracia. Había razones estructurales de alcance internacional para ello. A comienzos de los años setenta se había iniciado el proceso de la détente entre las grandes superpotencias, lo que cuajó en la histórica Conferencia de Helsinki. Parecía que la Guerra Fría se podría controlar y enfriar hasta el grado de congelación. Europa estaba recobrando su alma política y sus principales potencias estaban siguiendo líneas de actuación que no siempre complacían a los norteamericanos. Pero en todo caso, ya no había espacio para la rigidez de las autocracias mediterráneas, ni siquiera eran justificables geoestratégicamente. De hecho, como se pudo comprobar en el caso de Grecia, la dictadura de los coroneles aportó más problemas de los que solucionó, dando lugar a complicaciones en el flanco sur de la OTAN que subsisten treinta años más tarde.
De otra parte, había disminuido enormemente la posibilidad de que los países euro mediterráneos, tan conflictivos a lo largo del primer tercio del siglo XX, volvieran a plantear serios problemas de inestabilidad política. La razón estribaba en que a lo largo de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se habían desarrollado clases medias nacionales poco dadas a las aventuras políticas radicales. La receta norteamericana para el apaciguamiento socio-político del Viejo Continente, había triunfado en las veteranas autocracias ibéricas, pero también en Grecia, a pesar de su tormentosa evolución antes y durante la dictadura de los coroneles. Y en Turquía: la pequeña y media burguesía había aflorado en torno al “efecto invernadero” de un espacio económico aislado e hiperprotegido durante la experiencia autárquica en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, y a la brutal liberalización en la era Menderes. Pero quizás en España fue donde pudo comprobarse de forma más fehaciente cómo esas clases medias crecieron de forma espectacular en el largo periodo de economía protegida y aislamiento internacional, con una cuidadosa (y muy populista) dosificación de intervención estatal y liberalismo.
Por último, la rigidez de las dictaduras ibéricas propició que el desplome fuera completo e irreversible: habían sobrevivido demasiado tiempo contra la corriente política dominante en la Europa de la época, eran vestigios de un pasado demasiado remoto. Debido a esa ruptura, sus procesos de transición a la democracia fueron presentados como modélicos. Sobre todo el español, a pesar de que Portugal abrió el camino que los españoles empezarían a recorrer casi dos años más tarde y con más cautela. Ello fue en parte debido a que la experiencia portuguesa fue tenida en cuenta y también a los peculiares orígenes del proceso, marcado por la muerte del dictador por causas naturales y no por causa de un turbulento golpe de estado militar muy politizado, como en el país vecino. En cualquier caso, las referencias a la "revolución de los claveles" fueron continuas en la prensa y la política españolas a lo largo de la segunda mitad de 1974 y más allá[2]. Fue así como se extendió el rumor de que el general Manuel Díez Alegría, amigo y consejero del entonces príncipe Juan Carlos, recibió en su domicilio cartas y paquetes con monóculos. El mensaje era muy claro en aquella época, en la que el presidente de la Junta de Salvación Nacional portuguesa estaba presidida por el general Spínola, cuyo anticuado monóculo lo transformó en un icono de la Revolución de los Claveles.
Otro precedente e inspiración de la célebre “transición española”, fue la transición griega. Según una anécdota muy popular por aquellas fechas, el ministro español de Asuntos Exteriores, Fraga Iribarne, se había reunido discretamente en varias ocasiones con el primer ministro griego Karamanlís, por lo que se popularizó la broma de llamarle “Fragamanlís”[3]. Tanto este rumor como el referido a los monóculos de Díez Alegría –totalmente falso- revelan que durante el incierto año de 1974 en Madrid y por influencia de lo que ocurría en Grecia y Portugal, se barajó la posibilidad de forzar una transición en vida del Caudillo, sobre todo si éste quedaba incapacitado, tal como en efecto ocurrió temporalmente durante ese mismo año.
Pero incluso después de la muerte de Franco, la transición española combinó actores, factores y recursos ya probados con mayor o menor fortuna en Grecia –incluso durante la primera transición de 1945 a 1967- Portugal y Turquía –en sus dos transiciones iniciales de 1945-1960 y 1961-1971. El papel de los partidos de izquierda, desde el socialismo moderado al eurocomunismo; el protagonismo de los sindicatos, la aparición de una nueva derecha y el decisivo protagonismo de las fuerzas armadas: fueron fenómenos que se repitieron en todos y cada uno de los viejos compañeros de viaje de 1939, enfrentados a sus respectivas transiciones hacia la democracia. Pero en España se lograron evitar, hasta cierto punto, los efectos menos deseables de los precedentes griego, portugués y turco. Uno de los ejemplos más claros es el de la desconocida influencia que tuvo el golpe de los militares turcos en 1980 sobre la intentona del 23-F español de 1981.
Tras superar la actuación correctiva de los militares en 1971, Turquía regresó a la senda democrática pero en unas condiciones muy difíciles. La intervención militar en Chipre le supuso un embargo de armas del aliado norteamericano, pero también repercutió en los créditos, y eso cuando arreciaban las consecuencias económicas y financieras del primer choque petrolífero, que por cierto había tenido su origen en el Mediterráneo oriental, durante la reciente guerra del Yom Kippur entre los países árabes e Israel. La factura del petróleo puso en graves aprietos a Turquía, que por entonces debía afrontar los gastos de ocupación del norte de Chipre. Todo ello añadido al enorme déficit público hizo que durante el invierno de 1979-80 se llegara a cortar la energía eléctrica durante cinco horas al día.
Esta situación no favorecía la estabilidad política; los gobiernos de coalición se sucedieron, incluyendo a los islamistas de Erbakan y la extrema derecha nacionalista de Türkeş. Fueron la era del terrorismo en toda Europa y los años de plomo para Turquía: entre 1976 y 1980 la violencia de la extrema izquierda y la ultraderecha creció hasta asemejar una guerra civil de baja intensidad. Completando este cuadro, la invasión soviética de Afganistán y la revolución en el vecino Irán, añadían profundas incertidumbres sobre la situación internacional del país.
Washington estaba francamente alarmado. Los reproches por la intervención en Chipre quedaron olvidados y en marzo de 1980 se firmó un acuerdo de cooperación y defensa entre los Estados Unidos y Turquía. Finalmente, el 12 de septiembre, los militares dieron el tercer golpe de la posguerra. Fue el más dañino de todos. Esta vez, el Ejército turco decidió no dejar títere con cabeza. Todos los partidos políticos fueron disueltos, y sus líderes detenidos, investigados y hasta juzgados. Y con ello, dieron un golpe mortal al kemalismo político, puesto que incluso el Partido Republicano Popular, fue prohibido. La represión se extendió a la intelligentsia, donde el kemalismo había tenido su base de masas. Fueron destituidos 1.700 alcaldes y concejales, cesados el 10% de los profesores universitarios, detenidos numerosos periodistas y cerrados periódicos; además, se aplicaron 15 penas de muerte sobre las 3.600 dictadas por los tribunales. Rematando la operación, se legisló una nueva Constitución, presidencialista, aprobada en 1982, que enterró definitivamente la de 1961.
Como los demás, ese golpe de estado también fue planteado como un correctivo; pero esta vez, supuso un serio quebranto a la vida política turca pues la idea de hacer tabla rasa sólo sirvió para que se volvieran a refundar los viejos partidos políticos con nuevos nombres y nuevos líderes. Cuando en 1987 se restauraron los derechos de los antiguos políticos, se llegaron a duplicar algunos partidos por las rencillas personales de sus líderes. Se hizo muy complicado llegar a acuerdos políticos, organizar coaliciones viables y resolver problemas.
El golpe de 1980 estuvo directamente relacionado con la inquietud norteamericana en aquellos difíciles meses iniciales de la Segunda Guerra Fría, en los momentos finales del presidente Carter y cuando el régimen del Shah, el gran aliado iraní, se había hundido víctima de lo que por entonces parecía una extraña revolución fundamentalista shiíta. Y no sólo los norteamericanos consideraban preferente la situación geoestratégica turca sobre su derecho a la independencia política: Turquía no fue expulsada de su puesto de observadora en el Consejo de Europa ni se suspendieron los acuerdos de asociación con la CEE. Este detalle es significativo, porque revela hasta qué punto los procesos de transición europeos en los años setenta y ochenta estuvieron controlados desde los Estados Unidos, mientras que los soviéticos no intervinieron, a pesar del potencial revolucionario que tenían algunos de ellos, como fue el caso de Portugal; y eso a a pesar de que este país era un objetivo potencial apetecible, dada su pertenencia a la OTAN y la influencia de la izquierda incluso en los cuarteles. A este respecto, no parece desdeñable el protagonismo que tuvo en Lisboa el embajador norteamericano Frank Carlucci, muy vinculado a la CIA[4].
Nunca quedó muy establecido el papel de Washington en el fracasado golpe involucionista español del 23 de febrero de 1981, pero sí se sabe que estuvo directamente inspirado en el golpe militar turco del año anterior. Curiosamente, uno de los aspectos más activos de las relaciones hispano-turcas parece haber tenido lugar a través de las actividades de inteligencia. En plena Segunda Guerra Mundial, el que fuera embajador Pedro Prat y Soutzo organizó una red de espionaje que en buena medida trabajó más al servicio de Berlín que de Madrid. La eficacia real del operativo fue más que discutible[5] pero los avatares de la Guerra Fría, con la peculiar posición que ocuparon España y Turquía, hizo que ambos países se dedicaran entre sí una nueva atención, aunque todavía con dosis de disimulo y desconfianza. Un resultado de tales actitudes: el golpe militar de 1980 en Turquía fue estudiado con interés por el coronel Quintero Morente, agregado militar de la Embajada española en Ankara. Con ayuda de John H. Kenny, jefe de la estación loca de la CIA, el oficial español redactó un informe sobre el golpe turco que fue remitido a Madrid y se difundió profusamente entre los militares golpistas[6].
El golpe del 23-F fracasó y España se libró de un descarrilamiento político como el que sufrió Turquía. Pero las intenciones de los golpistas, al menos los del entorno del general Armada, eran muy similares a los de sus homólogos turcos: una operación correctiva que debería devolver la democracia a los civiles un tiempo después. Y de hecho, éste es uno de los escasos ejemplos de influencia directa turca en la política española contemporánea. Pero en 1981, España seguía estando en el otro extremo del abanico que conformaban los cuatro compañeros de viaje: la ubicación geoestratégica de Turquía hacía de ella pieza excepcional en el esquema de la defensa occidental; España no poseía la misma importancia y continuaron la evolución política lógica que les correspondía: Turquía había sido, una vez más, la gran excepción.
Hubo que esperar veinte años y el final de la Guerra Fría para que la vida política turca se normalizara, sobre todo a partir de la victoria del ex alcalde de Estambul, Recep Tayyip Erdoğan, al frente de Partido de la Justicia y el Desarrollo, en 2002. Síntoma de esa nueva era fue la sorprendente decisión del Parlamento turco en contra de autorizar el uso del territorio nacional para que las tropas norteamericanas desencadenaran la invasión de Irak desde el norte. Por primera vez desde 1945, Turquía escapaba a su destino de mera plataforma geoestratégica. Paralelamente, el gobierno afrontaba importantes transformaciones políticas, legales y sociales con la esperanza de ser admitido en el proceso de integración europea, considerando, no sin cierta razón, que además de sus méritos propios, Occidente le debía a Turquía ese reconocimiento tras medio siglo de contribución abnegada a su defensa. La cuarta transición turca, en muchos aspectos una nueva revolución postkemalista, había comenzado.
[1] Las memorias de Zeki Kuneralp furon publicadas en turco con el título: Sadece diplomat. Anılar-Belgeler (İsis, Istambul, 1981; reed. en 1999). Aquí se ha utilizado un par de páginas de esa obra incluidas en el libro de Carmen Uriate, Relaciones Hispano-Turcas durante la Guerra Civil Española, 1936-39, Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid, 1995; vid. pags. 197-207, incluidas a su vez en: “Cervantes” (Revista del Instituto Cervantes de Estambul), nº 5, Mayo 2003 pags. 30-35
[2] Francisco Veiga, “El final de un periodo: encuentros, desencuentros en influencias en las transiciones del Este y el Mediterráneo”, en: “La musa digital”, nº 6, “El exilio de Europa Central y Oriental”, en: http://www.uclm.es/lamusa/ver_articulo.asp?articulo=140&lengua=es
[3]Anxel Vences: Dr. Fraga y Mr. Iribarne, Ed. Prensa Ibérica, 1995.
[4] Francisco Veiga, Enrique U. Da Cal y Ángel Duarte, op. cit., pag. 413
[5] Javier Juárez, Madrid, Londres, Berlín. Espías de Franco al servicio de Hitler, Eds. Temas de Hoy, Madrid, 2005; vid. cap. XI; Francisco Veiga, "La guerra de las embajadas. La Falange Exterior española en Rumania y Oriente Medio, 1936-1944", en: Revue Roumaine d'Histoire, XXIX, 3-4, p. 321-335, Bucarest, 1990; también consultable como: “Diplomacia en camisa azul. La Falange Exterior española en Rumania y Turquia, 1936-1944”, ponencia presentada en el congreso: “La política exterior de España en el siglo XX”, organizado por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), Madrid, 10-13 de diciembre de 1997.
[6] Pilar Urbano, Con la venia... yo indagué el 23-F, Ed. Argos-Vergara, 1982



