miércoles, enero 24, 2007

De autocracias neutrales a transiciones atlantistas: Turquía, España, Portugal y Grecia, 1939-1981 (y 4)

4. Transiciones apadrinadas

A comienzos de los años setenta, Franco podía contemplar con cierta satisfacción la evolución del régimen en relación al destino de los compañeros de viaje de 1939, aquellas autocracias neutralistas que una vez concluida la Segunda Guerra Mundial habían iniciado caminos dispares para acomodarse a la nueva situación internacional que dictaba el enfrentamiento bipolar. Un cuarto de siglo más tarde, Grecia parecía haber regresado a los tiempos de Metaxas de la mano de los coroneles golpistas. Los difíciles años de la primera transición parecían no haber servido para nada. Turquía, el otro componente del tándem interactivo, también estaba siendo tutelada por militares y así iba a seguir durante dos años. Por entonces, la situación en el país era muy incierta y un veterano diplomático turco como era Zeki Kuneralp, que presentó sus cartas credenciales en Madrid en noviembre de 1972, no escondió su admiración por el régimen en sus informes. A juzgar por un estudio comparativo que remitió a Ankara años después, la difícil situación política en Turquía tuvo mucho que ver con esta impresión favorable[1]. Mientras tanto y aunque para entonces ya resultaba evidente que en España existía un problema de terrorismo y los conflictos sindicales eran cada vez más contundentes, la situación del régimen no había variado sustancialmente: a comienzos de los años setenta, Franco seguía manteniendo con firmeza las riendas del poder. En el vecino Portugal, Salazar había quedado incapacitado un poco antes, en 1968, pero el Consejo de Estado escogió a Marcelo Caetano para sucederle. Éste intentó modernizar y liberalizar el ya caduco Estado Novo, pero la vieja guardia de viejos salazaristas conocida como “el búnker”, en la que militaban algunos de los poderes fácticos más influyentes del país, conjuraron con relativa facilidad tales experimentos.

Y sin embargo, en el intervalo de unos pocos años, hacia mediados de los setenta, la situación dio un vuelco generalizado y todo cambió con gran celeridad. Los primeros en salir del impasse fueron los turcos, que el 14 de octubre de 1973 celebraron elecciones generales y volvieron a la senda de la democracia. En realidad, como se pudo constatar incluso en los meses finales de su régimen tutelar, la intervención militar había resultado notablemente inefectiva. Ya en abril de 1972, Erim había dimitido al no lograr de la Gran Asamblea poderes extraordinarios para gobernar por decreto. Al cabo de un año, los militares quisieron imponer a uno de lo suyos al frente de la presidencia de la república, pero por una vez, los líderes de los partidos más importantes, Eçevit y Demirel, se pusieron de acuerdo para rechazar como candidato al general Faruk Gürler, jefe de Estado Mayor y hombre fuerte del golpe.

Pocos meses más tarde, en abril de 1974, tuvo lugar la “Revolución de los Claveles” en Portugal. Curiosamente, en sus orígenes el golpe militar que terminó con la dictadura salazarista tuvo sus orígenes en causas corporativas de mandos intermedios, relacionadas a su vez con las impopulares guerras coloniales que el ejército debía librar en las posesiones africanas del imperio con armas inadecuadas, debido ello al embargo en la venta de armas decretado por los Estados Unidos y otras potencias occidentales contra Portugal. Pero lo cierto fue que la Revolución de los Claveles llevó al desmoronamiento del régimen, y un año más tarde ya se estaban convocando elecciones para la formación de una Asamblea constituyente. Así comenzó la transición portuguesa mientras que, por primera vez en su historia, el vecino régimen franquista quedaba completamente aislado tras la desaparición de su socio dictatorial en la Península Ibérica.

Ese mismo verano se iniciaba el comienzo del fin para la dictadura de los coroneles en Grecia. A finales de 1973, un grupo de militares de la línea dura y encabezados por el general Ioannidis, dieron un golpe interno que derrocó al también general Papadópulos, hasta entonces el hombre fuerte de la junta. La nueva directiva se embarcó en una huida hacia delante que llevó a respaldar un golpe de extrema derecha en Chipre con la intención de terminar con su independencia y forzar la enosis o unión con Grecia. Los disturbios interétnicos en los que la minoría étnica turca de la isla llevaba la peor parte, forzaron la invasión del norte de Chipre por el Ejército turco, el 20 de julio de 1974. La movilización griega fue un completo desastre, lo cual provocó que la mayoría de la oficialidad dejara solo a Ioannidis. Se llamó a Caramanlís, que regresó de su exilio parisino convertido en un De Gaulle griego, y sólo cuatro días después de haber comenzado la operación militar turca, ya juraba el cargo de primer ministro. Sólo cuatro meses después de la Revolución de los Claveles, comenzaba la segunda transición griega.

En noviembre del año siguiente moría el general Franco y caía la última de las autocracias. Durante unos pocos años, entre 1971 y 1973, los cuatro compañeros de viaje de 1939 había vuelto a reunirse en el territorio de la autocracia. Pero en el otoño de 1975, sólo dos años más tarde, todos estaban reconvirtiéndose hacia la democracia. Había razones estructurales de alcance internacional para ello. A comienzos de los años setenta se había iniciado el proceso de la détente entre las grandes superpotencias, lo que cuajó en la histórica Conferencia de Helsinki. Parecía que la Guerra Fría se podría controlar y enfriar hasta el grado de congelación. Europa estaba recobrando su alma política y sus principales potencias estaban siguiendo líneas de actuación que no siempre complacían a los norteamericanos. Pero en todo caso, ya no había espacio para la rigidez de las autocracias mediterráneas, ni siquiera eran justificables geoestratégicamente. De hecho, como se pudo comprobar en el caso de Grecia, la dictadura de los coroneles aportó más problemas de los que solucionó, dando lugar a complicaciones en el flanco sur de la OTAN que subsisten treinta años más tarde.

De otra parte, había disminuido enormemente la posibilidad de que los países euro mediterráneos, tan conflictivos a lo largo del primer tercio del siglo XX, volvieran a plantear serios problemas de inestabilidad política. La razón estribaba en que a lo largo de los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se habían desarrollado clases medias nacionales poco dadas a las aventuras políticas radicales. La receta norteamericana para el apaciguamiento socio-político del Viejo Continente, había triunfado en las veteranas autocracias ibéricas, pero también en Grecia, a pesar de su tormentosa evolución antes y durante la dictadura de los coroneles. Y en Turquía: la pequeña y media burguesía había aflorado en torno al “efecto invernadero” de un espacio económico aislado e hiperprotegido durante la experiencia autárquica en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, y a la brutal liberalización en la era Menderes. Pero quizás en España fue donde pudo comprobarse de forma más fehaciente cómo esas clases medias crecieron de forma espectacular en el largo periodo de economía protegida y aislamiento internacional, con una cuidadosa (y muy populista) dosificación de intervención estatal y liberalismo.

Por último, la rigidez de las dictaduras ibéricas propició que el desplome fuera completo e irreversible: habían sobrevivido demasiado tiempo contra la corriente política dominante en la Europa de la época, eran vestigios de un pasado demasiado remoto. Debido a esa ruptura, sus procesos de transición a la democracia fueron presentados como modélicos. Sobre todo el español, a pesar de que Portugal abrió el camino que los españoles empezarían a recorrer casi dos años más tarde y con más cautela. Ello fue en parte debido a que la experiencia portuguesa fue tenida en cuenta y también a los peculiares orígenes del proceso, marcado por la muerte del dictador por causas naturales y no por causa de un turbulento golpe de estado militar muy politizado, como en el país vecino. En cualquier caso, las referencias a la "revolución de los claveles" fueron continuas en la prensa y la política españolas a lo largo de la segunda mitad de 1974 y más allá[2]. Fue así como se extendió el rumor de que el general Manuel Díez Alegría, amigo y consejero del entonces príncipe Juan Carlos, recibió en su domicilio cartas y paquetes con monóculos. El mensaje era muy claro en aquella época, en la que el presidente de la Junta de Salvación Nacional portuguesa estaba presidida por el general Spínola, cuyo anticuado monóculo lo transformó en un icono de la Revolución de los Claveles.

Otro precedente e inspiración de la célebre “transición española”, fue la transición griega. Según una anécdota muy popular por aquellas fechas, el ministro español de Asuntos Exteriores, Fraga Iribarne, se había reunido discretamente en varias ocasiones con el primer ministro griego Karamanlís, por lo que se popularizó la broma de llamarle “Fragamanlís”[3]. Tanto este rumor como el referido a los monóculos de Díez Alegría –totalmente falso- revelan que durante el incierto año de 1974 en Madrid y por influencia de lo que ocurría en Grecia y Portugal, se barajó la posibilidad de forzar una transición en vida del Caudillo, sobre todo si éste quedaba incapacitado, tal como en efecto ocurrió temporalmente durante ese mismo año.

Pero incluso después de la muerte de Franco, la transición española combinó actores, factores y recursos ya probados con mayor o menor fortuna en Grecia –incluso durante la primera transición de 1945 a 1967- Portugal y Turquía –en sus dos transiciones iniciales de 1945-1960 y 1961-1971. El papel de los partidos de izquierda, desde el socialismo moderado al eurocomunismo; el protagonismo de los sindicatos, la aparición de una nueva derecha y el decisivo protagonismo de las fuerzas armadas: fueron fenómenos que se repitieron en todos y cada uno de los viejos compañeros de viaje de 1939, enfrentados a sus respectivas transiciones hacia la democracia. Pero en España se lograron evitar, hasta cierto punto, los efectos menos deseables de los precedentes griego, portugués y turco. Uno de los ejemplos más claros es el de la desconocida influencia que tuvo el golpe de los militares turcos en 1980 sobre la intentona del 23-F español de 1981.

Tras superar la actuación correctiva de los militares en 1971, Turquía regresó a la senda democrática pero en unas condiciones muy difíciles. La intervención militar en Chipre le supuso un embargo de armas del aliado norteamericano, pero también repercutió en los créditos, y eso cuando arreciaban las consecuencias económicas y financieras del primer choque petrolífero, que por cierto había tenido su origen en el Mediterráneo oriental, durante la reciente guerra del Yom Kippur entre los países árabes e Israel. La factura del petróleo puso en graves aprietos a Turquía, que por entonces debía afrontar los gastos de ocupación del norte de Chipre. Todo ello añadido al enorme déficit público hizo que durante el invierno de 1979-80 se llegara a cortar la energía eléctrica durante cinco horas al día.

Esta situación no favorecía la estabilidad política; los gobiernos de coalición se sucedieron, incluyendo a los islamistas de Erbakan y la extrema derecha nacionalista de Türkeş. Fueron la era del terrorismo en toda Europa y los años de plomo para Turquía: entre 1976 y 1980 la violencia de la extrema izquierda y la ultraderecha creció hasta asemejar una guerra civil de baja intensidad. Completando este cuadro, la invasión soviética de Afganistán y la revolución en el vecino Irán, añadían profundas incertidumbres sobre la situación internacional del país.

Washington estaba francamente alarmado. Los reproches por la intervención en Chipre quedaron olvidados y en marzo de 1980 se firmó un acuerdo de cooperación y defensa entre los Estados Unidos y Turquía. Finalmente, el 12 de septiembre, los militares dieron el tercer golpe de la posguerra. Fue el más dañino de todos. Esta vez, el Ejército turco decidió no dejar títere con cabeza. Todos los partidos políticos fueron disueltos, y sus líderes detenidos, investigados y hasta juzgados. Y con ello, dieron un golpe mortal al kemalismo político, puesto que incluso el Partido Republicano Popular, fue prohibido. La represión se extendió a la intelligentsia, donde el kemalismo había tenido su base de masas. Fueron destituidos 1.700 alcaldes y concejales, cesados el 10% de los profesores universitarios, detenidos numerosos periodistas y cerrados periódicos; además, se aplicaron 15 penas de muerte sobre las 3.600 dictadas por los tribunales. Rematando la operación, se legisló una nueva Constitución, presidencialista, aprobada en 1982, que enterró definitivamente la de 1961.

Como los demás, ese golpe de estado también fue planteado como un correctivo; pero esta vez, supuso un serio quebranto a la vida política turca pues la idea de hacer tabla rasa sólo sirvió para que se volvieran a refundar los viejos partidos políticos con nuevos nombres y nuevos líderes. Cuando en 1987 se restauraron los derechos de los antiguos políticos, se llegaron a duplicar algunos partidos por las rencillas personales de sus líderes. Se hizo muy complicado llegar a acuerdos políticos, organizar coaliciones viables y resolver problemas.

El golpe de 1980 estuvo directamente relacionado con la inquietud norteamericana en aquellos difíciles meses iniciales de la Segunda Guerra Fría, en los momentos finales del presidente Carter y cuando el régimen del Shah, el gran aliado iraní, se había hundido víctima de lo que por entonces parecía una extraña revolución fundamentalista shiíta. Y no sólo los norteamericanos consideraban preferente la situación geoestratégica turca sobre su derecho a la independencia política: Turquía no fue expulsada de su puesto de observadora en el Consejo de Europa ni se suspendieron los acuerdos de asociación con la CEE. Este detalle es significativo, porque revela hasta qué punto los procesos de transición europeos en los años setenta y ochenta estuvieron controlados desde los Estados Unidos, mientras que los soviéticos no intervinieron, a pesar del potencial revolucionario que tenían algunos de ellos, como fue el caso de Portugal; y eso a a pesar de que este país era un objetivo potencial apetecible, dada su pertenencia a la OTAN y la influencia de la izquierda incluso en los cuarteles. A este respecto, no parece desdeñable el protagonismo que tuvo en Lisboa el embajador norteamericano Frank Carlucci, muy vinculado a la CIA[4].

Nunca quedó muy establecido el papel de Washington en el fracasado golpe involucionista español del 23 de febrero de 1981, pero sí se sabe que estuvo directamente inspirado en el golpe militar turco del año anterior. Curiosamente, uno de los aspectos más activos de las relaciones hispano-turcas parece haber tenido lugar a través de las actividades de inteligencia. En plena Segunda Guerra Mundial, el que fuera embajador Pedro Prat y Soutzo organizó una red de espionaje que en buena medida trabajó más al servicio de Berlín que de Madrid. La eficacia real del operativo fue más que discutible[5] pero los avatares de la Guerra Fría, con la peculiar posición que ocuparon España y Turquía, hizo que ambos países se dedicaran entre sí una nueva atención, aunque todavía con dosis de disimulo y desconfianza. Un resultado de tales actitudes: el golpe militar de 1980 en Turquía fue estudiado con interés por el coronel Quintero Morente, agregado militar de la Embajada española en Ankara. Con ayuda de John H. Kenny, jefe de la estación loca de la CIA, el oficial español redactó un informe sobre el golpe turco que fue remitido a Madrid y se difundió profusamente entre los militares golpistas[6].

El golpe del 23-F fracasó y España se libró de un descarrilamiento político como el que sufrió Turquía. Pero las intenciones de los golpistas, al menos los del entorno del general Armada, eran muy similares a los de sus homólogos turcos: una operación correctiva que debería devolver la democracia a los civiles un tiempo después. Y de hecho, éste es uno de los escasos ejemplos de influencia directa turca en la política española contemporánea. Pero en 1981, España seguía estando en el otro extremo del abanico que conformaban los cuatro compañeros de viaje: la ubicación geoestratégica de Turquía hacía de ella pieza excepcional en el esquema de la defensa occidental; España no poseía la misma importancia y continuaron la evolución política lógica que les correspondía: Turquía había sido, una vez más, la gran excepción.

Hubo que esperar veinte años y el final de la Guerra Fría para que la vida política turca se normalizara, sobre todo a partir de la victoria del ex alcalde de Estambul, Recep Tayyip Erdoğan, al frente de Partido de la Justicia y el Desarrollo, en 2002. Síntoma de esa nueva era fue la sorprendente decisión del Parlamento turco en contra de autorizar el uso del territorio nacional para que las tropas norteamericanas desencadenaran la invasión de Irak desde el norte. Por primera vez desde 1945, Turquía escapaba a su destino de mera plataforma geoestratégica. Paralelamente, el gobierno afrontaba importantes transformaciones políticas, legales y sociales con la esperanza de ser admitido en el proceso de integración europea, considerando, no sin cierta razón, que además de sus méritos propios, Occidente le debía a Turquía ese reconocimiento tras medio siglo de contribución abnegada a su defensa. La cuarta transición turca, en muchos aspectos una nueva revolución postkemalista, había comenzado.

[1] Las memorias de Zeki Kuneralp furon publicadas en turco con el título: Sadece diplomat. Anılar-Belgeler (İsis, Istambul, 1981; reed. en 1999). Aquí se ha utilizado un par de páginas de esa obra incluidas en el libro de Carmen Uriate, Relaciones Hispano-Turcas durante la Guerra Civil Española, 1936-39, Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid, 1995; vid. pags. 197-207, incluidas a su vez en: “Cervantes” (Revista del Instituto Cervantes de Estambul), nº 5, Mayo 2003 pags. 30-35
[2] Francisco Veiga, “El final de un periodo: encuentros, desencuentros en influencias en las transiciones del Este y el Mediterráneo”, en: “La musa digital”, nº 6, “El exilio de Europa Central y Oriental”, en: http://www.uclm.es/lamusa/ver_articulo.asp?articulo=140&lengua=es
[3]Anxel Vences: Dr. Fraga y Mr. Iribarne, Ed. Prensa Ibérica, 1995.
[4] Francisco Veiga, Enrique U. Da Cal y Ángel Duarte, op. cit., pag. 413
[5] Javier Juárez, Madrid, Londres, Berlín. Espías de Franco al servicio de Hitler, Eds. Temas de Hoy, Madrid, 2005; vid. cap. XI; Francisco Veiga, "La guerra de las embajadas. La Falange Exterior española en Rumania y Oriente Medio, 1936-1944", en: Revue Roumaine d'Histoire, XXIX, 3-4, p. 321-335, Bucarest, 1990; también consultable como: “Diplomacia en camisa azul. La Falange Exterior española en Rumania y Turquia, 1936-1944”, ponencia presentada en el congreso: “La política exterior de España en el siglo XX”, organizado por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), Madrid, 10-13 de diciembre de 1997.
[6] Pilar Urbano, Con la venia... yo indagué el 23-F, Ed. Argos-Vergara, 1982

lunes, enero 08, 2007

De autocracias neutrales a transiciones atlantistas: Turquía, España, Portugal y Grecia, 1939-1981 (3)

3. Procesos de involución

Por lo tanto, los diplomáticos españoles, con Franco a la cabeza, erraban al considerar que Turquía y Grecia “sólo” eran dos países “meramente mediterráneos” y la clave del control de ese mar estaba en España. En realidad, la tolerancia de la superpotencia norteamericana estaba en relación directa con la importancia geoestratégica del país aliado. El trato concedido al régimen franquista respondía con bastante precisión a la utilidad que se podía obtener de España en la confrontación global contra el comunismo. Washington estudió la posibilidad hipotética de unas elecciones en ese país para 1953, aunque la previsible desestabilización política no compensaba el riesgo[1].

Desde Madrid terminó por hacerse evidente la esencia del nuevo planteamiento político-estratégico de los norteamericanos en la naciente Guerra Fría. Y también los límites de lo que el régimen franquista podía obtener evitando cambios liberalizadores; no tanto porque la Realpolitik norteamericana pusiera demasiadas pegas, sino por causa de las democracias europeas, que estaban en plena reconstrucción posbélica y comenzaban a cobrar conciencia de europeidad. En 1955, España fue admitida en la Asamblea General de la ONU. Pero el hecho de que al año siguiente quedara excluida del acceso a la naciente Comunidad Económica, propició que en 1957 tomara posesión en Madrid el primer gobierno de lo que dio en ser conocido como la “tecnocracia OPUS”[2]: para entonces quedaba claro que la etapa del “nacional-catolicismo” inaugurada el 18 de julio de 1945 no había convencido a nadie más allá de las fronteras españolas. En realidad, ni a los norteamericanos, que al parecer ni siquiera apreciaron el hecho de que la Iglesia católica poseyera tanta importancia como Falange en los gobiernos: en una fecha tan tardía como el 22 de diciembre de 1959, la entrevista Franco-Eisenhower terminó en medio de un ambiente muy tenso cuando al presidente norteamericano se le ocurrió abogar por los derechos de la muy exigua minoría baptista en España[3].

Pero la evolución política interna del régimen franquista cobra una interesante dimensión si se la compra con la experimentada en Portugal, Turquía y Grecia en aquellos mismos años. En el primero de esos países no se hicieron cambios apreciables hacia el aperturismo, al margen de los ya apuntados en la inmediata posguerra, tras la victoria aliada. Portugal ya había accedido a la OTAN y el hecho de que sus principales relaciones internacionales lo circunscribieran al mundo anglosajón, implicaron que el bloqueo a su entrada en la CEE poseyera un sentido diferente al vivido por España: podía interpretarse más en clave de oposición francesa gaullista a los británicos y sus aliados ante el temor a los Caballos de Troya de la influencia norteamericana en Europa. Por lo tanto, Portugal terminó instalándose en el inmovilismo político, mientras España avanzaba muy lenta y progresivamente hacia un aperturismo relativo[4]. En Turquía y Grecia, la situación evolucionaba en sentido inverso.

En el primero de los dos países, la primera transición se vivió de forma meteórica, entre 1945 y 1961. El abandono del régimen de partido único aceptado de buen grado por los kemalistas, dio lugar a la victoria electoral del Partido Democrático en mayo de 1950 y a la formación del gobierno presidido por Adnam Menderes, que permaneció una década en el poder.

El 9 de mayo de 1960, el embajador José Félix de Lequerica enviaba un mensaje “estrictamente confidencial” desde Nueva York, cuyo asunto era: “El Departamento de Estado y los movimientos democráticos en países amigos”. El diplomático español criticaba sardónicamente la “fobia localizada” entre la opinión pública norteamericana hacia los regímenes dictatoriales supervivientes. Para ello, utilizaba la opinión de una fuente turca –presumiblemente diplomática- que se refería al gobierno Menderes y a su Partido Democrático como una mera comedia organizada por el presidente kemalista İsmet İnönü, el cual “organizó con algunos banqueros y espíritus liberales amigos suyos y seguidores de la política de Atatürk un partido de oposición en 1950” Y continúa Lequerica: “Eran, reitero, todos amigos del régimen. No se le ocurrió buscar gentes en las antiguas fuerzas políticas del Califato ni mandó a por un sultán desterrado a los hoteles de Suiza. Creyó arreglarlo en familia”.

Siempre según el diplomático español, la oposición ficticia organizada por İnönü respondía al “deseo norteamericano de dar fachada liberal y democrática al gobierno turco”, ante lo cual “el general [İnönü] tuvo un momento de debilidad y se prestó al juego”. Lequerica enfatizaba la pusilanimidad del autócrata kemalista recordando el escaso entusiasmo de la diplomacia norteamericana: “Fue la época de presión moderada y cortés del Departamento de Estado, sobre los gobiernos a los que se quería ayudar, pidiéndoles tan sólo transformaciones de su organización pública , dentro del gusto anglosajón. Sin fanatismos ni hostilidad, decían; tan sólo con un deseo de mejor presentación de la mercancía”. Pero el régimen franquista no había cedido a las candorosas presiones norteamericanas. Lequerica recordaba en su informe las tragicómicas sugerencias del embajador Norman Armour quien un día de la primavera de 1948, “con su simpática timidez” le preguntó al diplomático español: “¿Por qué Franco no forma un gobierno con Prieto y Madariaga?”

Por entonces, en el verano de 1960, Lequerica se regocijaba ante lo que él entendía eran intentos del general İnönü por restablecer la autocracia kemalista, pero disfrazando el intento de “revolución liberal y democrática” ante la estancia en el poder, demasiado larga ya, del “otro partido [Partido Demócrata] inventado para dar gusto a Estados Unidos”[5]

En realidad, Lequerica o su informador jugaban a confundir dos hechos bien diferentes: la era del gobierno Menderes con el intento de Mustafa Kemal por crear un partido de oposición liderado por su amigo Ali Fethi Okyar en agosto de 1930, el Partido Republicano Libre, que murió de éxito, desapareciendo tras apenas cuatro meses de existencia[6]. La experiencia de Menderes en los años cincuenta fue algo totalmente diferente, y en su informe, muy escasamente documentado, Lequerica sólo estaba expresando el resentimiento del régimen franquista ante una Turquía –un lejano país musulmán, recuerdo del viejo enemigo de la Cristiandad...- mimada por la superpotencia norteamericana, y que incluso parecía estar accediendo a las instancias internacionales con más facilidad y premura que España.

El gobierno Menderes era un fenómeno más complejo que todo eso. Poseía un amplio apoyo social que iba desde la nueva burguesía turca, rural y comercial -surgida en torno a los negocios propiciados por el aislamiento del país durante la Segunda Guerra Mundial- a sectores tradicionalistas que deseaban un mayor aperturismo en materia religiosa y cultural. En líneas generales, el gobierno Menderes propugnaba una tendencia neoliberal que reaccionaba contra los años de duro estatalismo kemalista. Los negocios proliferaron, fueron años de excelentes beneficios y desarrollo espectacular del campo turco; pero también de crecimiento urbano. Los norteamericanos mantuvieron excelentes relaciones con Menderes y lo apoyaron en todos los aspectos: no por casualidad, Turquía accedió a la OTAN en esos años. En consecuencia, el Partido Demócrata ganó las elecciones de 1954 y las de 1957. El kemalismo institucional parecía haber entrado en caída libre, a lo que el gobierno ayudaba con agresividad y malas artes, promulgando leyes y arbitrando medidas claramente encaminadas a destruir el legado de Atatürk y destruir su base social, que había sido la burguesía funcionarial y la intelectualidad.

Ante tal situación, los kemalistas poco podían hacer, puesto que el gobierno Menderes se había ganado a las fuerzas del orden público y los altos mandos del ejército: no en vano se presentaba como el autor de la presencia turca en la OTAN, con todo lo que ello significaba. Por lo tanto, el golpe militar del 27 de mayo de 1960 fue una sorpresa y sólo muy en parte cabe calificarlo de “reacción kemalista”, puesto que la acción respondía en buena medida a la irritación de la oficialidad más joven y preparada ante la dificultad de promocionarse en el escalafón. En buena medida anticipaba el golpe de los coroneles griegos siete años más tarde y tenía mucho que ver con la temprana entrada de Turquía en la OTAN. Porque los viejos altos mandos de la escuela kemalista, ganados a la causa de Menderes eran los que obstruían las brillantes carreras de comandantes y coroneles formados en la competitiva escuela de la Alianza Atlántica. Si alguien en Madrid entendía lo que estaba ocurriendo en Ankara –cosa discutible ante la credibilidad concedida a piezas como el informe de Lequerica- debía de frotarse las manos, porque en cierta manera era debido al descarrilamiento de la transición turca[7].

Pero el golpe no llevó al establecimiento de una dictadura militar, ni al retorno a una autocracia de corte kemalista. Fue el primero de los “golpes correctivos” que iba a protagonizar el Ejército turco hasta 1981; pero también el más desconcertante, pues si por un lado Menderes fue juzgado y ejecutado por alta traición, y el Partido Demócrata disuelto, también es cierto que durante el año y medio que los militares tutelaron el poder, una comisión de profesores de la universidad de Estambul redactó por encargo de las nuevas autoridades la Constitución de 1961, la más progresista que haya tenido nunca el Estado turco. La nueva carta magna era expresión de la influencia que conservaban los sectores sociales kemalistas y para algunos historiadores, el resultado del golpe de 1960 fue una “segunda revolución”, vigilada por los militares a través del Consejo de Seguridad Nacional (1962), compuesto por representantes de los tres ejércitos y la gendarmería, que iban a tutelar en adelante los gobiernos civiles: un organismo, por cierto, inspirado directamente en el National Security Council norteamericano estrenado en 1953, bajo la administración Eisenhower.

Sin embargo, el retorno a la democracia con las elecciones convocadas en octubre de ese mismo año abrió un periodo muy complicado de la historia turca. Aparentemente, Lequerica había acertado: la presidencia de la república la detentaba un general, mientras que İnönü formaba y encabezaba sucesivos gobiernos a comienzos de la década de los sesenta. Sin embargo, no se había regresado a los viejos tiempos de la autocracia de Atatürk. La arena política se diversificó con la aparición de nuevos partidos, mientras el Republicano Popular, vieja esencia del kemalismo, partido único en la autocracia de Mustafa Kemal, tendía a reconvertirse al clásico ideario socialdemócrata. Los sindicatos cobraron una gran fuerza y se multiplicaron los grupos de la izquierda radical, impulsados por la industrialización del país, la masificación de la enseñanza superior y la inestabilidad económica y social.

Mientras el kemalismo se desnaturalizaba en Turquía, la transición griega desde la guerra civil también hacía aguas en aquellos años sesenta de grandes transformaciones e inestabilidades. En realidad, se estaba produciendo una creciente interacción entre Grecia y Turquía, con la crisis de Chipre en primer plano. Los primeros roces se conjugaron con los acuerdos para la independencia de la isla, que tuvo lugar en 1960. Pero el arzobispo Makarios, líder religioso y político de la mayoría griega de la isla había aceptado esa opción sólo de mala gana, como único medio de aceptar la partición de Chipre con la minoría turca. En noviembre de 1963 decidió que los acuerdos firmados con los gobiernos británico, turco y griego que llevaron a la Constitución chipriota, concedían demasiadas prerrogativas políticas a la minoría turca. En Turquía, donde se estaban superando las consecuencias del golpe de 1960 y el octogenario kemalista İnönü intentaba estabilizar el panorama político a base de inestables coaliciones de gobierno, las maniobras de Makarios llegaban en el peor momento. A lo largo de los meses que siguieron, Turquía y Grecia, miembros ambos de la OTAN, estuvieron a punto de entrar en guerra; de hecho, la aviación turca realizó varias salidas de combate contra la marina griega y la Guardia Nacional chipriota. Por fin, la catástrofe pudo ser evitada en el verano de 1964, en parte porque el presidente Lindon B. Johnson perdió la paciencia con Atenas y se logró la intervención de las Naciones Unidas.

Sin embargo, la crisis evidenció que en la zona del Mediterráneo oriental, el control norteamericano dejaba mucho que desear a esas alturas, lo cual era particularmente grave, porque la evolución política de Grecia y Turquía desde 1945 se había operado precisamente en función de los grandes intereses geoestratégicos de Washington. De otra parte, la política interior griega era un desbarajuste, con Constantinos Caramanlís y Georgios Papandreu, los dos grandes líderes protagonistas, enzarzados en una dura pugna por controlar el poder y confrontando las ocasionales incursiones de la casa real en la política.

Por fin, en noviembre de 1963 –justamente al inicio de la crisis chipriota- Papandreu lograba ganar las elecciones por amplio margen al frente de una opción de centro izquierda. La nueva situación política despertó los recelos de los sectores más conservadores y de Ejército griego, sobre todo por las actitudes de su hijo, Andreas Papandreu, que tenía su propio cargo en el gobierno.

Aunque no de forma directa, el descontrol que comportaba la enrevesada situación política y las veleidades políticas del propio rey Constantino, contribuyeron al golpe militar del 21 de abril de 1967. En parte, sus motivaciones fueron tan corporativas como las de los oficiales turcos siete años antes, y también tenían que ver con una deficiente adaptación estructural de las fuerzas armadas a su integración en la OTAN. Como había ocurrido con el precedente turco, Grecia no fue expulsada de esa organización, porque para los norteamericanos y sus socios europeos, las consideraciones geoestratégicas seguían teniendo mucho más valor que los supuestos valores democráticos que decían defender.

Sin embargo, y a diferencia del golpe turco de 1960, el griego de 1967 y la “dictadura de los coroneles” que le siguió, exhibía un inequívoco discurso ultraderechista y estaba totalmente disociado de la clase política, incluyendo la derecha tradicional. Por lo tanto, no tuvo nada que ver con el carácter de “golpe corrector” que había inspirado a los militares turcos. Y sin embargo, el mismo recurso al golpe militar, las excusas de que en el fondo iba destinado a defender al país del comunismo, la mera complacencia –sino la complicidad- norteamericana, hacían que el golpe de los coroneles griegos contuviera un elemento turbador por esencialmente poco patriótico, lo que contribuía todavía más el exagerado despliegue de retórica patriotera.

Sobre las incomodidades que levantó el golpe griego habla a las claras el hecho de que los militares turcos lo tuvieran muy en cuenta –para no repetir sus errores- cuando volvieron a dar otro el 12 de marzo de 1971. En esta ocasión, a diferencia de lo ocurrido once años antes, el operativo no fue obra de coroneles y comandantes radicales fuera de la cadena de mando, sino de la cúpula de jefes del alto Estado Mayor. Pero una vez más, se contó con la plena colaboración de las principales fuerzas políticas turcas, o al menos, de los grandes partidos políticos: el kemalista Partido Republicano Popular y el Partido de la Justicia –heredero del disuelto Partido Democrático- liderado por Süleyman Demirel.

Como en 1960, la intención de los militares era “correctiva”: pedían la formación de un gabinete fuerte y estable, capaz de poner orden en la cada vez más deteriorada situación política y social de Turquía y de remendar la Constitución de 1961. Intentando diferenciarse todo lo posible de los coroneles griegos, buscaron rápidamente el acuerdo y la cooperación con los civiles. Organizaron un gobierno de técnicos dirigido por un académico, el profesor Erim, que fue consensuado con los principales partidos y anunciaron la intención de convocar elecciones tan pronto como fuera posible reformar la Constitución, que en célebre expresión del nuevo jefe de gabinete, era “un lujo que Turquía no podía permitirse”[8].

Pero el otro gran objetivo del golpe fue la represión y la quiebra del creciente poder de la izquierda radical, tanto en las universidades como en los sindicatos. Se llevaron a cabo espectaculares acciones antiterroristas y se impuso la ley marcial en 11 de las 67 provincias; hubo detenciones de intelectuales, mientras la extrema derecha actuaba libremente: todo ello recordaba el espíritu político que latía tras la dictadura de los coroneles griegos. Y en conjunto, creaba la penosa sensación de que los militares habían dado un golpe para enmendar la obra de los jóvenes oficiales radicales y la intelligentsia kemalista, acaecida de una década antes, aquello que en su momento se llegó a tildar de “segunda revolución” kemalista.

[1] “Sólo se puede negociar con Franco”, por Eduardo Martín de Pozuelo. Serie “Documentos desclasificados”. “La Vanguardia”, 27 de julio de 2005; pag. 15
[2] Suele explicarse el cambio de tendencia gubernamental en clave de política interior, por los sucesos de febrero de 1956, es decir, disturbios callejeros entre estudiantes falangistas y liberales. En realidad, el cambio de época que significó el primer gobierno tecnócrata obedecía a una decisión tomada con antelación y en función de estímulos de mayor alcance.
[3] La ausencia de libertades religiosas en España fue un argumento muy utilizado por las iglesias protestantes de países como Estados Unidos y Holanda, y tuvo bastante trascendencia en el aislamiento del régimen franquista. Vid.: Francisco Veiga, Enrique U. Da Cal y Ángel Duarte, op. cit., pag. 394
[4] Cabe recordar, como hecho significativo, que durante los últimos días de enero y los primeros de febrero de 1961, un grupo de revolucionarios españoles y portugueses tomaron el control del trasatlántico luso “Santa María” en alta mar, para denunciar a las dictaduras ibéricas.
[5] AFNF, Anejo. Mensaje estrictamente confidencial. Nueva York, 9 de mayo de 1960. Asunto: El Departamento de Estado y los movimientos democráticos en países amigos. Número 11
[6] Standford J. Shaw & Ezel Kural Shaw, History of the Ottoman Empire and Modern Turkey. Vol. II – Reform, Revolution and Republic. The Rise of Modern Turkey, 1808-1975. Cambridge University Press, 2002 (8ª edición). Vid. pags. 381-382. Es más detallado el relato de Andrew Mango, Atatürk, The Overlook Press, Woodstock & New York, 2002; vid. pags. 470-474
[7] Para el todavía hoy polémica “era de Menderes” y el golpe de 1960 pueden consultarse: Andrew Mango, The Turks Today, John Murray, London, 2004, pags. 39-55; Nicole and Hugh Pope, Turkey Unveiled. A History of Modern Turkey, The Overlook Press, Woodstock & New York, 2000, pags. 84-98; Erik J. Zürcher, Turkey. A Modern History, I.B. Tauris, London, 1995 (3ª ed.), pags. 231-256; Feroz Ahmad, Turkey. The Quest for Identity, Oneworld, Oxford, 2003, pags. 100-118.
[8] Feroz Ahmad, op. cit., pag. 135 para la cita

martes, diciembre 26, 2006

De autocracias neutrales a transiciones atlantistas: Turquía, España, Portugal y Grecia, 1939-1981 (2)

2. Escogiendo bando en el nuevo orden

Franquismo, kemalismo y salazarismo sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial, pero muy pronto resultó evidente que los vencedores de 1945 imponían cambios. Los temores de Carmona y Salazar en mayo de 1940, se hicieron realidad: la Segunda Guerra Mundial había terminado por convertirse en una contienda entre dictaduras y democracias. Eso también explica que las neutralidades de Portugal, España y Turquía fueran respetadas por los aliados: su alineamiento en ese bando hubiera supuesto una delicada transformación política previa o, peor aún, en mitad del fragor del combate.

Este tipo de consideraciones cambiaron rápidamente conforme se materializaba el advenimiento de la Guerra Fría. En el conflicto bipolar pronto se impusieron las razones de tipo geoestratégico que fueron cobrando más y más trascendencia conforme se desarrollaba una tecnología militar devastadora capaz de destruir completamente al planeta. Debido a ello, en el ejercicio de una brutal “Realpolitik”, Washington terminó apoyando abiertamente a un amplio abanico de regímenes dictatoriales, desde el Vietnam de Diem en los años sesenta, al Irán del Shah, pasando por el Chile de Pinochet.

De momento, ya a partir de 1945, se produjeron importantes reajustes en dos de las autocracias neutrales. En Portugal, el general Carmona y una parte de los mandos militares estaban por el aperturismo; el mismo Salazar consideró en un primer momento convocar elecciones y terminar con el régimen de partido único. Pero aunque la retirada de la oposición hizo que los comicios no llegaran a tener lugar, el gobierno de 1947 combinó a personalidades de los sectores más conservadores y aperturistas del régimen, ente ellos a Marcelo Caetano. A lo largo de los años cincuenta, el estado salazarista permaneció estable, moderado en su política interna, e ingresó en la OTAN en el mismo año de su fundación: 1949.

Turquía vivió una readaptación mucho más drástica que también tuvo su origen en la misma dinámica de la Segunda Guerra Mundial. Presionada por los aliados, Ankara declaró formalmente la guerra a Alemania y Japón el 22 de febrero de 1945, cuando ya era virtualmente imposible que pudiera colaborar en el esfuerzo bélico, dado que las fuerzas soviéticas estaban a 50 kilómetros de Berlín, ciudad que cayó dos meses más tarde. Pero gracias a ese gesto, que no ponía en entredicho la realidad de su política neutralista a lo largo de todo el conflicto, Turquía adquirió el estatuto de miembro fundador de las Naciones Unidas. Este hecho tuvo una gran importancia en el rápido proceso de democratización del país, puesto que el parlamento hubo de ratificar la Carta de la ONU, lo que suponía la adhesión a los principios democráticos.

Con todo, en el proceso de apertura del régimen incluso jugó más la iniciativa de los propios dirigentes turcos que las presiones norteamericanas. En líneas generales, vislumbraron que el aislamiento internacional de Turquía no podía continuar. Además, éste hecho estaba relacionado con otra consecuencia de la Segunda Guerra Mundial: la presión soviética. Durante la contienda, los turcos habían vuelto a percibir en la URSS la sombra del viejo enemigo ruso, desde Pedro el Grande a Nicolás II. Ésta era una de sus viejas pesadillas históricas, puesto que el extinto Imperio otomano había sido amputado de buena parte de sus posesiones tras demoledoras guerras contra los rusos, la última de las cuales, en 1877-1878, le había supuesto un golpe casi mortal.

Durante la instauración y consolidación de la nueva república, Atatürk había practicado una activa política de acercamiento hacia la Unión Soviética. De hecho, algunas innovaciones –como los “planes quinquenales” turcos- estaban activamente inspirados en el modelo soviético y contaron con asesoramiento y créditos de esa procedencia para su realización. Pero durante la Segunda Guerra Mundial, Moscú mostró una alarmante actitud agresiva. En noviembre de 1940, alemanes y soviéticos discutieron el reparto del Imperio británico y de otras áreas de interés; la Unión Soviética pidió que Finlandia, Bulgaria y Turquía quedaran bajo su directa zona de influencia. Posteriormente, los alemanes, ya en guerra con la URSS, utilizaron las ambiciones soviéticas –ente ellas la de controlar directamente los Estrechos- para convencer a Ankara de que el bando aliado sólo le iba a reportar disgustos. Ya en 1943, habiéndose producido el vuelco de la guerra a favor de los soviéticos, éstos denunciaron que la neutralidad turca sólo servía para proteger el flanco balcánico de los alemanes[1]. Esta actitud fue explotada por Chuchill y Eden para presionar a los turcos a fin de que entraran en guerra antes de que fuera demasiado tarde. A la vista de la ocupación y reparto de Irán en zonas de influencia, acaecida en agosto de 1941, la diplomacia turca tenía sobradas razones para actuar con cautela.

Dos años más tarde, con el final del conflicto, las tropas soviéticas ocupaban la mitad oriental de Europa, además de haber llegado al corazón del continente. Su potencia militar sólo podía ser contestada por los norteamericanos, y eso aún gracias a la posesión de la bomba atómica. Los kemalistas vieron de forma muy clara que la única garantía posible debería venir de Washington y que la oportunidad histórica para apoyarse en tal protector era especialmente singular. Además, existía una simpatía popular importante hacia los Estados Unidos, hasta el punto de que tras la Primera Guerra Mundial, la opción de que Turquía como último resto del Imperio otomano se convirtiera en un protectorado norteamericano gozó de cierta aceptación, al menos en Estambul. De ahí que en 1945 el mismo régimen se abriera al pluripartidismo y que a partir de un grupo de disidentes del Partido Republicano del Pueblo, único y oficial hasta el momento, se fundara el Partido Demócrata, ya en enero de 1946. Se convocaron elecciones para junio de ese mismo año, que el nuevo partido de oposición no logró ganar. Pero al siguiente, Turquía ya fue admitida en fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Además y a pesar de su neutralidad durante la guerra, se benefició del Plan Marshall, algo que irritó especialmente a Stalin[2].

No es de extrañar que Turquía se convirtiera en candidato a devenir aliado preferente de los norteamericanos y eso en fechas bien tempranas. País musulmán donde había triunfado una revolución laica, pero sin estar teñida de marxismo: Turquía era el perfecto modelo para los países musulmanes que por entonces estaban en vías de descolonización y preocupaban por su posible inclinación al bando soviético. Pero además y sobre todo, país con una posición geoestratégica privilegiada: poseedor de los Estrechos que alejaban a los soviéticos del Mediterráneo; atalaya fronteriza con la URSS; base perfecta para vigilar el inquieto Próximo Oriente, y por ello protagonista en los planes de Foster Dulles, que ampliaban a esa zona el cordón estadounidense alrededor de la Unión Soviética. Por lo tanto, los norteamericanos se apresuraron a apadrinar a Turquía y uno de los gestos significativos de la época fue el envío de un contingente de tropas de ese país a la guerra de Corea, en el marco de las resoluciones de Naciones Unidas contra Corea del Norte. Poco tiempo después, en 1952, Turquía entró en la OTAN, treinta años antes que España. Por cierto, la propuesta de Franco para enviar tropas a Corea, fue rechazada.

En apariencia, el contraste no podía ser mayor: a diferencia de Turquía, España no había entrado en Segunda Guerra Mundial ni siquiera en la fase final. Si la victoria hubiera estado del lado del Eje, tal vez habría puesto en práctica los compromisos contraídos en el Protocolo de Hendaya según los cuales participaría en el conflicto en una fecha a determinar por el Jefe del Estado. Pero la guerra la ganaron los Aliados, y España no pudo obviar su pasado vinculado a los nazis y su presente, de difícil justificación ante una sociedad internacional que condenaba a los gobiernos amigos de la Alemania nazi. No le valieron de nada los argumentos esgrimidos ante los líderes occidentales que presentaban la posición española como un factor decisivo para el fracaso alemán. España no pudo enviar a ningún representante a las conferencias de paz, como lo hizo la República turca; más bien al contrario, los diplomáticos españoles tuvieron que adoptar un perfil bajo y elaborar estrategias de supervivencia para un régimen denostado por los vencedores de la Guerra (la “política de espera”). En aquellos años España fue quizás el país más censurado por la comunidad internacional. Como el mismo Hitler le recordó a Franco por escrito en plena guerra, el pecado original del gobierno español de 1939 era su legitimidad, es decir, haber surgido del triunfo en una guerra civil con ayuda germano-italiana[3].

Franco fue excluido de la reconstrucción europea, no sólo en lo tocante a infraestructuras, sino sobre todo en lo referente a desarrollo político y social. Mientras las potencias vencedoras deliberaban sobre la posibilidad de que la dictadura franquista fuera una amenaza para la paz mundial, la resolución 32 (I) de diciembre de 1946 de Naciones Unidas dictaminaba la retirada de los embajadores de Madrid y una condena verbal y escrita al régimen. Este aislamiento político fue corto aunque intenso, obligó a rediseñar la política exterior con estrategias de sustitución a las deseadas relaciones europeas, a base de establecer relaciones privilegiadas con países iberoamericanos y árabes. La clave principal de este diseño fue el aforismo “orden, unidad y aguantar”[4].

Por tanto, esta situación todavía favoreció más las posturas de los sectores duros del régimen, partidarios de una defensa numantina del mismo. Además, las autoridades franquistas, pronto percibieron que podrían sacar ventaja de la naciente Guerra Fría: la supuesta experiencia de España en la lucha contra el comunismo, era una idea obsesiva que el Caudillo contaba con que finalmente fuera reconocida[5]. Por eso, cuando el 16 de julio de 1951 se iniciaron las primeras negociaciones para que los norteamericanos utilizaran bases militares en España, Franco le vino a decir al almirante Forrest P. Sherman –representante del Departamento de Defensa y el Estado Mayor de la superpotencia- que llegaban tarde y mal[6]. En realidad, el dictador estaba tan convencido de la importancia de España en la futura guerra mundial contra el comunismo que contaba con ejercer incluso un papel de asesor fundamental, de comisario político. Por eso no lograba comprender por qué los nuevos aliados norteamericanos no utilizaban todo su peso para situar al país al mismo nivel de recién llegados como Turquía.

El embajador español en Ankara dedicaba un asombrado informe, datado a 21 de enero de 1950, a detallar el ingente número de especialistas americanos que llegaban “cada vez en mayor número” a Turquía. El documento cifraba en 82 los asesores, situados sobre todo en trabajos públicos y departamentos de producción agrícola, vías marítimas y bancos[7]. En octubre de ese mismo año, el embajador Fiscowich afirmaba telegráficamente que “asociación Turquía defensa Mediterráneo dentro de Consejo Pacto Atlántico no es considerada por este Gobierno [el turco]”. En cambio insistía en “ser inconcebible cualquier arreglo Mediterráneo sin la presencia de España”[8]. Ese mismo argumento era repetido meses más tarde por el embajador en Paris cuando ya se hacía evidente que turcos y griegos accedería a la OTAN: “Le Monde hoy en un comentario que sigue a dicho comunicado explica actitud Bidault afirmando que sería paradójico dejar España potencia Atlántica y llave del Mediterráneo fuera del Pacto y admitir Grecia y Turquía potencias puramente mediterráneas”[9] Y muy pocos días antes de la entrevista entre Franco y el almirante Sherman, llegaba desde La Haya otro telegrama cifrado que recogía las opiniones de un diplomático danés, representante de su país ante la Organización del Pacto Atlántico: “Expresó creencia de que muy pronto habrá de plantearse ante Ministros Negocios Extranjeros la inclusión de España y Alemania [en la OTAN] y que será mucho más difícil aún que en caso de Turquía y Grecia justificar continue su exclusión”[10]. El comentario no dejaba de tener importancia, porque en aquel entonces Dinamarca y Noruega se oponían activamente al acceso de Turquía a la OTAN.

Estos documentos expresaban, además, que Madrid había captado la esencia de la cuestión: para Washington, los regímenes políticos de sus aliados y peones en su gran partida mundial contra la Unión Soviética, eran un factor más que relativo, aunque de vez en cuando hubiera que cuidar las apariencias ante algunos aliados europeos más escrupulosos, como Francia y Gran Bretaña. Pero también esto cambió a partir de la crisis de Suez en 1956, cuando ambos fueron duramente amonestados por Eisenhower tras sufrir una ridícula derrota y quedar ante el mundo como los fracasados adalides de un imperialismo decimonónico ya trasnochado.

El problema estaba en que las autoridades del régimen franquista le daban más importancia a España de la que en realidad poseía. Desde luego, como “asesores” en materia de lucha anticomunista, los españoles estaban trasnochados: por ejemplo, en Madrid no se entendió en absoluto el cisma entre Tito y Stalin de 1948[11]. En el terreno geoestratégico España tuvo importancia durante algún tiempo como base intermedia para los enormes bombarderos intercontinentales Convair B-36 Peacemaker, e incluso para los B-47 Stratojet a reacción, que saliendo de sus bases en los Estados Unidos debían repostar en las peninsulares para continuar su camino en Europa oriental o la URSS. Pero eso no duró muchos años: con la aparición en 1955 de los Boeing B-52 a reacción, capaces de repostar en vuelo y de atacar territorio enemigo pasando sobre el Polo Norte, el papel de las bases españolas perdió bastante importancia. Con la puesta en servicio de los misiles nucleares ICBM, susceptibles de alcanzar sus blancos en territorio soviético en cuestión de minutos, la península ibérica quedó convertida en actor regional[12]. Por lo tanto, la persistencia del régimen dictatorial ayuda a explicar que España no accediera a la OTAN hasta muchos años más tarde; pero no debe olvidarse que ese argumento no fue válido para el Portugal de Salazar, que se convirtió en miembro de pleno derecho, como país fundador, en 1949.

Este último dato era un síntoma claro de que para entonces, España y Portugal vivían ya espalda contra espalda, como durante la mayor parte del periodo de su historia contemporánea: el binomio interdependiente que habían formado en el conjunto de los regímenes autoritarios neutrales durante la Segunda Guerra Mundial, había dejado de existir. Las consideraciones políticas pesaban más en este asunto que las estratégicas: el mismo Stalin se negaba a equiparar el caso portugués con el español: el primero había sido fruto de una evolución política interna; en España, el régimen fue el resultado de una guerra civil que en su momento tuvo una carga simbólica transnacional enorme, y además, la victoria de Franco fue el mayor éxito de la internacional fascista[13]. Algo similar iba a ocurrir con Grecia y Turquía durante los primeros años de la Guerra Fría.

Incluso en los años cincuenta, Turquía poseía para Washington una importancia mucho mayor que España, comenzando por el hecho de que era el único miembro de la OTAN que mantenía fronteras con la Unión Soviética. Su territorio resultaba impagable como plataforma para establecer bases de escucha y espionaje electrónico; desde allí despegaban los aviones espía U-2 norteamericanos que sobrevolaban impunemente (al menos hasta 1960) el inmenso territorio de la superpotencia enemiga. Y cuando los misiles intercontinentales todavía no habían sido desarrollados, en octubre de 1961 los americanos instalaron allí cohetes nucleares móviles de alcance intermedio (IRBM), lo que equiparaba la importancia estratégica de Turquía frente a la URSS a la de Cuba en las costas de los EEUU[14]. No por casualidad, la crisis de los misiles de 1962 se conjuró cuando Kennedy accedió a retirar los Jupiter de Turquía.

Como agente en el teatro local del Próximo Oriente, este aliado tampoco tenía precio. En 1955, Turquía e Irak firmaron el denominado Pacto de Bagdad, al que pronto se unieron Gran Bretaña, Pakistán e Irán, dando lugar a la Organización del Tratado de Oriente Medio, uno de las principales alianzas del sistema que según el proyecto del secretario de Estado norteamericano John Foster Dulles, en tiempos del presidente Eisenhower, debería aislar a la URSS[15]. Además y en el peor de los casos el Ejército turco –junto con el iraní- constituía la primera línea de defensa ante un hipotético ataque soviético dirigido hacia el Egeo o el Próximo Oriente y los pozos de petróleo. La subordinación a los intereses occidentales fue tan acusada que el gobierno de Ankara –especialmente tras el golpe de 1960- se echó atrás, temeroso de enfrentarse con los países árabes[16]

Por entonces, el otro pilar de la política norteamericana en la zona era Grecia. El país había salido de una guerra civil entre derechas e izquierdas similar a la española, también en dureza y crueldad. Pero la clave de la derrota de los comunistas, en 1948, había sido el apoyo norteamericano a sus adversarios. En años posteriores, Washington se volcó en apuntalar al nuevo régimen, intentando evitar por cualquier medio que la izquierda marxista repuntara en Grecia. Consecuentemente, el embajador norteamericano se convirtió en una de las personalidades con mayor poder e influencia política en Atenas. Así, cuando en las elecciones de 1951 ningún partido obtuvo mayoría absoluta debido a la aplicación del sistema electoral proporcional, el embajador amenazó con suspender las cuantiosas ayudas norteamericanas, a menos que se convocaran nuevos comicios en base a una nueva ley electoral sobre la base del sistema mayoritario. El resultado fueron las elecciones de 1952, en las que Unión Helénica obtuvo una amplia victoria del ex mariscal Papagos[17].

La estrategia norteamericana se dirigía a hacer de la frontera griega el Telón de Acero meridional contra sus vecinos comunistas balcánicos: Bulgaria, Albania y también Yugoslavia, que tan activamente había ayudado a los comunistas griegos durante la guerra civil. Tras la ruptura Tito-Stalin de 1948, ese país se había aproximado a Occidente y también a Grecia y Turquía, con las cuales había firmado un extraño pacto balcánico en 1953. Pero tras la muerte de Stalin, Belgrado se reconcilió con la Unión Soviética, y la vigilancia de ese vecino norteño volvió a tener sentido para la estrategia heleno-americana.

Washington buscaba, ante todo, evitar que en Grecia rebrotara el comunismo y el país se convirtiera en un Caballo de Troya en pleno flanco sur de la OTAN y a las puertas del vital aliado turco. Por otra parte, era fundamental conjurar las viejas rencillas greco-turcas; objetivo que sólo logró cumplir hasta 1955, cuando hicieron su aparición las tensiones en torno a Chipre, que derivaron en un pogrom anti-griego en Turquía.
[1] Selim Deringil, op. cit., pag. 152
[2] Saban Çalis, “Turkey’s integration with Europe: inicial phases reconsidered”, en Perceptions, nº junio-agosto 2000.
[3] Francisco Veiga, Enrique U. Da Cal, Ángel Duarte, La paz simulada. Una historia de la Guerra Fría, 1941-1991, Alianza Editorial, Madrid, 1998 (2ª ed.); vid. pag. 388
[4] Javier Tusell, Carrero. La eminencia gris del régimen de Franco, Temas de Hoy, Madrid, 1993
[5] Cuando a Franco le interrogaron periodistas norteamericanos con ocasión de la firma del Pacto Atlántico, contestó: “Por las características de su frontera y su situación geográfica, a caballo de dos mares y sobre las rutas del mundo, así como por su unidad y estabilidad política, sin “quintas columnas” comunistas, las virtudes y reciedumbre de sus hijos y sus reconocidos sentimientos anticomunistas, España, no sólo puede contribuir a la seguridad del mundo occidental, sino que ya viene contribuyendo a ella. Hay que pensar lo que hubiera sido de Europa si nuestro régimen no hubiera triunfado en su día del comunismo. Un acuerdo entre los Estados Unidos y nosotros tendría en sí más estabilidad y valor que el propio Pacto Atlántico, que, a su vez, se vería revalorado con este acuerdo”. Vid.: HISPANUS, España, potencia mundial. La omnipotencia geográfica española, Editora Nacional, Madrid, 1949; vid. pag. 418
[6] “En busca del tiempo perdido”, por Eduardo Martín de Pozuelo. Serie “Documentos desclasificados”, “La Vanguardia”, 26 de julio, 2005, pag. 17
[7] AFNF, doc. 6213: informe nº 149, del 21 de enero de 1950: “La penetración americana en Turquía”
[8] AFNF, doc. 8383, telegrama 114 cifrado, remitido por el embajador en Ankara, 11 de octubre 1950, 15,14 h.
[9] AFNF, Telegrama cifrado nº 350, expedido en Paris el 5 de julio de 1951, s.h. Firmado: Bermejo
[10] AFNF, Telegrama núm 90 cfr, expedido en La Haya el 9 de julio de 1951 a las 19,15. M. Aguilar
[11] Javier Garí y Alessandro Gori, "Odnos Frankovog režima i Španskih Komunista prema raskidu Moskve i Beograda, 1948-1951", en: Jugoslovensko-Sovjetski sukob, 1948. Zbornik radova sa naučnog skupa, Institut za Savremenu Istoriju, Beograd, 1999; vid. pags. 81-96
[12] Una visión más amplia en: Francisco Veiga, Enrique U. Da Cal y Ángel Duarte, op. cit., pag. 391 y 400-401.
[13] Ibídem, pag. 393.
[14] Para la historia de los mísiles Júpiter en Turquía relatada por uno de los técnicos norteamericanos destacados allí, vid. la website: http://www.hlswilliwaw.com/Turkey/html/JupiterMissiles-Home.htm Incluye valiosas fotografías de la época. A destacar que los cohetes lucían la bandera turca. Es también interesante el breve relato de un instructor militar americano recogido en la website: “Merhaba, Turkey. American Military in Turkey”: http://www.merhabaturkey.com/1CAMPBELLindex.html
[15] Para un relato sobre las circunstancias que llevaron al Pacto de Bagdad: William Hale, Turkish Foreign Policy, 1774-2000, Frank Cass, London, 200; vid. pags. 125-128
[16] Yücel Bozdağlıoğlu, Turkish Foreign Policy and Turkish Identity. A Constructive Approach, Routledge, New York & London, 2003; vid. Pag. 119. Además, Ankara y Washington tuvieron un primer roce importante cuando en 1958 los norteamericanos utilizaron la base de İncirlik para poner en marcha el desembarco de marines en el Líbano, sin consultar en ningún momento con el gobierno anfitrión. El incidente se tapó con cuidado disimulo.
[17] Richard Clogg, Historia de Grecia, Cambridge University Press, 1998; vid. pag. 142

sábado, diciembre 16, 2006

De autocracias neutrales a transiciones atlantistas: Turquía, España, Portugal y Grecia, 1939-1981 (1)

Ponencia presentada en las II Jornadas de Historia Hispano-Turcas, 3-7 de octubre de 2005, Çolaklı (Antalya), Turquía. Organizadas por la Embajada de España en Turquía, Universidad de Ankara, Instituto Cervantes de Estambul, asociación IDEM y Editorial Isis.

A lo largo de la historia contemporánea, Turquía y España han mantenido relaciones más bien distantes que en ocasiones han llegado a la indiferencia mutua. Es natural que así fuera, a pesar de las llamativas similitudes entre los dos países: ambos cabeza de vastos imperios, líderes del combate que los enfrentó y abanderados de las ideologías religiosas que se disputaban en el ámbito mediterráneo durante un siglo; ambos guardianes históricos de los extremos de ese mismo mar desde penínsulas montañosas y por tanto con similares problemas geostratégicos. Y sin embargo, desde el momento en que el Imperio otomano vió menguar su poder marítimo y concluyó el combate con los españoles, Turquía y España tendieron a contemplarse mutuamente, en la distancia, como potencias decadentes que no merecían ya particular atención. Madrid y Estambul (luego Ankara) trataron directamente con los centros del nuevo poder europeo y más tarde, euroatlántico: Paris, Londres, Viena, Berlín, Bruselas y Nueva York. Y como países de la periferia que eran, la idea que uno tenía del otro se terminó de configurar a partir de la imagen que ofrecían esos nuevos centros de poder.

Ese proceso se agudizó a largo del siglo XIX al naufragar España definitivamente como gran potencia, mientras el Imperio otomano, aún siendo el “Hombre Enfermo”, se mantuvo como poder europeo hasta la Gran Guerra. Esa diferencia terminó de alejar más a Madrid y Estambul. Las relaciones diplomáticas entre ambos estados no eran malas, pero no resultaban en absoluto intensas y se encuadraban en los grandes esquemas geoestratégicos de la época, dictados por las potencias de primera línea
[1]. Así, a comienzos de siglo XX, para los diplomáticos otomanos, Madrid era un destino aburrido y de escasa categoría profesional: un puesto en cualquier capital balcánica era una misión más activa y atractiva[2].

Los años que la nueva Turquía empleó en completar la transformación kemalista fueron también los de su aislamiento internacional, apenas salvado por la integración en la Sociedad de Naciones (1932) o la Entente Balcánica (1934). La experiencia era demasiado compleja y delicada y después del traumático Tratado de Sèvres y la guerra de 1919-1922, el nuevo régimen permaneció a la defensiva. Aunque el modelo kemalista inspiró ya por entonces experimentos relativamente similares –por ejemplo, la “República del Rif” proclamada por Abd el-Krim, que tantos problemas le supuso a España- siguió vigente durante muchos años la máxima de Mustafa Kemal según la cual la república de Turquía debía evitar las aventuras en política exterior. Por otra parte, los modelos políticos exteriores adoptados, al menos parcialmente, fueron los de la Rusia soviética y la Italia fascista. Dada la amplitud y profundidad de la revolución kemalista, las inspiraciones o importaciones institucionales procedentes de tales regímenes poseían más utilidad que las innovaciones puramente reformistas introducidas por la dictadura de Primo de Rivera en España, modelo que, sin embargo, tuvo cierta influencia en países como Polonia o Rumania por esos mismos años.

En consecuencia, parece como si la historia de las relaciones entre España y Turquía hasta fechas bien recientes tuviera que quedar reducida al relato de una serie de anécdotas más o menos divertidas, coincidencias, rarezas o meros desencuentros. En principio, eso no resulta desalentador: la falta de contactos directos y sus causas puede ser, precisamente, objeto de estudio en sí mismas. En este artículo se pretende plantear otra forma de abordar este tipo de estudios mediante el recurso a la comparación “grupal” de las relaciones entre diversos países de una determinada zona y en una época determinada. Así, las escasas o esporádicas relaciones entre España y Turquía cobran mucho mayor sentido si nos centramos en el periodo que abarca desde la Segunda Guerra Mundial al periodo de las transiciones post totalitarias en los años setenta y ochenta, e incluso el final de la Guerra Fría, incluyendo en el análisis, también, a Grecia y Portugal.


1. Los regímenes autoritarios neutralistas

El punto de partida de este análisis debe situarse en el segundo gran conflicto mundial, porque justamente en él se produjo una situación común a España, Portugal y Turquía no atribuible a la casualidad. En efecto, ninguno de los tres regímenes totalitarios participó en la contienda, al menos como beligerantes reales, dado que este último declaró la guerra a Alemania en febrero de 1945, en un acto más simbólico que real que otros muchos países del mundo también efectuaron en los meses finales del conflicto.

La coincidencia de actitudes entre las tres autocracias mediterráneas es bien significativa, porque dada la estructura ideológica de los respectivos regímenes y el protagonismo que en ellas jugaba el estamento militar, cabría pensar que su neutralidad resultaba antinatural. Por otra parte, en los tres casos se trataba de potencias imperiales –Portugal- o de reciente pasado imperial –especialmente, España y Turquía- deseosas en teoría de recuperar viejas posesiones, hacerse con otras nuevas o ampliar las ya existentes.

Sin embargo, la reacción en los tres casos fue de temor y cautela, ya desde un primer momento. El ataque de Italia a Francia en junio de 1940 inquietó sobremanera al gobierno de Ankara, convencido de que la intervención italiana amenazaba claramente las fronteras turcas por tierra y por mar y llevaba la guerra al corazón del Mediterráneo. Su política de mantenimiento de neutralidad parecía abocada a romperse con la entrada de Mussolini en el conflicto al lado del Eje
[3].

Por entonces, la diplomacia española prestaba cierta atención a la actitud cautelosa del gobierno turco, porque desde Madrid se estaba llevando a cabo una política neutralista similar. El diplomático español José Rojas explicaba así la situación: “Mientras Alemania sea dueña de la situación en el Egeo y Bulgaria permanezca fiel al Eje, Turquía tratará, salvando sus buenas relaciones con Inglaterra, de alejar su intervención o limitarla a términos que pueda tolerar Alemania sin considerarse hostilizada”
[4]. Lógicamente, los turcos tampoco dejaron de vigilar de soslayo la actitud de Madrid.

La declaración española de neutralidad fue inmediata, aunque registró alteraciones según evolucionaban las operaciones militares de ambos bandos, como ocurrió en junio de 1940 con la entrada de Italia en guerra al lado de Alemania lo que comportóó la adopción de la fórmula denominada “no beligerancia”
[5]. Este cambio considerado como de gran oportunismo político, parecía haber sobrevenido por la debilidad de Francia y la soledad de Gran Bretaña ante los ataques fulminantes de los nazis. Franco pensó que en tal escenario podría plantear cuestiones territoriales vinculadas con dichas potencias y con la recuperación de cierta dignidad internacional para España, es decir, las reivindicaciones sobre el protectorado marroquí y la colonia de Gibraltar. El Caudillo caminó hacia la consecución de ambos objetivos con la ocupación de Tánger por tropas españoles el 14 de junio de 1940 y la entrevista del general Vigón con Hitler después del armisticio francés para entregarle un documento con las aspiraciones españolas. Gibraltar, en cambio, pensaba obtenerlo a través de Mussolini, posible nuevo “emperador del mediterráneo”, quien presumiblemente no tendría inconveniente en ceder a España esa vieja espina de su territorio nacional[6]. Además, un conjunto de acciones hispano-germanas parecían anunciar que se acercaba la fecha de la intervención española: en julio de 1940 el almirante Canaris llegó a España con el propósito de ejecutar un plan destinado a tomar Gibraltar; en septiembre, el general Von Richtofen viajó a Madrid para dar garantías sobre suministros de materiales de guerra y materias primas, mientras que el entonces ministro de Asuntos Exteriores Ramón Serrano Súñer marchó a Berlín.


Una de las diversas fotografías trucadas del encuentro entre Franco y Hitler en Hendaya, 23 de octubre de 1940


Franco soñó con la recomposición de un imperio en el norte de África y la restitución de Gibraltar y así lo planteó a Hitler durante su encuentro en Hendaya, pero éste consideró que las pretensiones españolas eran excesivas comparadas con su contribución real a la Guerra[7]. Teniendo en cuenta que el gran papel de España era el geoestratégico, pasó a tener una importancia secundaria con la evolución de las operaciones militares y la desviación de éstas al frente del Este. El momento más temido por sus posibles consecuencias intervencionistas fue la citada entrevista de Hendaya entre Franco y Hitler el 23 de octubre de 1940, en la que España perdió su neutralidad a cambio de una hipótesis de futuro en la que el Eje ganaría la guerra y por tanto su aliado Franco no permanecería ajeno al reparto del botín, aunque no estaba claro cuál sería, puesto que Hitler no estaba dispuesto a incomeodarse con la Francia de Vichy ni a dejar en manos españolas el territorio africano. La posición española al término del encuentro no llegó a quedar completamente definida, a pesar de la firma de un protocolo en el que Franco se comprometía a participar en el conflicto en una fecha no fijada.

El Caudillo utilizó argumentos similares al los que barajó el otro gran neutral del Mediterráneo: İsmet Inönü. Pero en éste caso, las tácticas dilatorias se emplearon con los aliados, que hicieron pasar importantes momentos de angustia a los turcos. Uno particularmente señalado tuvo lugar cuando Italia declaró la guerra a Gran Bretaña y Francia el 10 de junio de 1940, puesto que pocos meses antes, el 19 de octubre de 1939, Ankara había firmado con Londres y Paris un tratado de ayuda mutua por el que los tres países se ayudarían militarmente en caso de guerra en el Mediterráneo. Es más: el gobierno turco había conseguido de ambos aliados importantes créditos para rearmar al ejército. El rápido colapso de Francia ayudó decisivamente a que Ankara siguiera manteniéndose fuera del conflicto, actitud reforzada con una buena dosis de indignación, puesto que los aliados habían presionado para que el país entrara en guerra sabiendo que el hundimiento del frente occidental era inminente
[8].

El presidente İsmet Inönü, que aplicó con rigor la herencia política kemalista en Turquía






La ofensiva del Eje en los Balcanes, en la primavera de 1941, supuso nuevas complicaciones, por cuanto acercaba los ejércitos alemanes a la misma frontera turca, en la Tracia, a pocos kilómetros de Estambul. Con Siria en manos del régimen de Vichy, una revuelta pro germana en Irak y los Balcanes en manos de italianos y alemanes, Turquía quedó aislada del bando aliado: a tal efecto sólo conservaba la frontera con la URSS, lo cual no era muy tranquilizador. Por lo tanto, los turcos debieron emplear nuevamente su capacidad diplomática, esta vez para zafarse de las presiones de Berlín, lo que concluyó en la firma de un tratado de no agresión el 18 de junio, tan sólo cuatro días antes de que Alemania atacara a la Unión Soviética. La insistencia alemana apra que Turquía abandonara su neutralidad a favor del Eje continuó a lo largo de los meses en que sus fuerzas armadas lograron mantener la iniciativa en el frente oriental, lo cual repercutió en el lógico apogeo de las posturas pro germanas en la prensa y el mundo político, incluyendo un intento no muy entusiasta de jugar con las viejas aspiraciones panturcas que el kemalismo había enterrado. Sin embargo, y a partir del vuelco militar que siguió a la derrota germana en Stalingrado y África del Norte, las presiones aliadas volvieron a intensificarse, ahora ya con la colaboración de los Estados Unidos. İnönü defendió la neutralidad turca con los conocidos argumentos referidos a la falta de preparación militar, problemas logísticos y una pobre economía incluso durante la segunda conferencia de El Cairo, en diciembre de 1943, ante Churchill y Roosevelt en persona. Pero los americanos no terminaban de ver claro que el esfuerzo logístico mereciera la pena, y ello unido a exitosa demostración de fuerza alemana en las islas del Dodecaneso, le supuso a los turcos el necesario margen de maniobra argumental para seguir instalados en su neutralidad
[9].

En definitiva, Franco e İnönü tuvieron en común el recurso a la utilización de similares maniobras evasivas con los beligerantes, fueran Aliados o del Eje: la falta de recursos materiales y humanos, la imposibilidad de defender sus territorios en caso de ataque del otro bando o el precio económico de la intervención, dieron lugar a reiterados aplazamientos, hábiles evasivas, evitando las negativas rotundas que hubieran quebrado las posiciones neutrales y tal vez la tolerancia hacia sus regímenes por parte de las grandes potencias beligerantes
[10].


Antonio Oliveira Salazar. Fotografía procedente de su biografía en Wikipedia.






En cambio, la actitud de Portugal, el tercer componente del grupo de las autocracias neutrales, presentó características propias. En el caso de España y Turquía, tanto las potencias del Eje como los aliados sabían que la ocupación militar de ambos países podría suponer más problemas que beneficios. La tradición de lucha guerrillera –muy reciente en Turquía- favorecida por una orografía difícil de controlar y unas largas costas vulnerables a los desembarcos del enemigo, constituyeon bazas reales que los beligerantes tomaron en consideración. En cambio, Portugal era fácil presa estratégica, al menos para los Aliados, como había quedado demostrado ya durante las guerras napoleónicas. Y como entonces, la neutralidad del país dependía en gran medida de que España la conservara también. De hecho, la victoria del bando franquista en la guerra civil española había propiciado la supervivencia del Estado Novo portugués, que en 1936 se veía sometido a numerosas presiones internas y externas, impulsadas éstas, en buena medida, por organizaciones sindicales e izquierdistas españolas[11].

Por lo tanto, la neutralidad de España era una poderosa garantía para la portuguesa; y su hipotética entrada en guerra sería el fin de la independencia lusa, dado que fueran quienes fueran los aliados de Madrid, procurarían invadir el país vecino para sellar la fachada atlántica de la península Ibérica. Si los atacantes eran fuerzas del Eje, propiciarían la intervención aliada a través de Portugal o, en el peor de los casos, la ocupación del archipiélago de las Azores. En base a ello, en uno de los momentos más delicados, a partir de septiembre de 1940, el dictador Oliveira Salazar desplegó una intensa actividad diplomática para evitar que Franco diera el paso de romper con la neutralidad
[12].

Conforme la guerra se complicaba y se extendía, sobre todo a lo largo de 1941, cada uno de los neutrales tendió a actuar cada vez más pensado en la salvación de su propia integridad territorial o independencia política. También es cierto que como en el caso de Franco, Salazar o İnönü tuvieron sus dudas sobre hasta dónde convenía mantener esa neutralidad. Pero en todos los casos, tales vacilaciones estuvieron provocadas más por razones de tipo práctico que de carácter ideológico. Durante las primeras fases de la guerra, Londres demostró una enorme habilidad diplomática, que respaldada por el apoyo económico y comercial norteamericano, ayudó a que Portugal y Turquía, pero también España, se mantuvieran neutrales. Conforme los británicos iban quedando arrinconados estratégicamente y las armas alemanas triunfaban en los Balcanes, África del Norte y la Unión Soviética, unos y otros comenzaron a prepararse para pactar de alguna forma con la potencia que se perfilaba como futura dueña de Europa
[13].

Pero de otra parte, existían importantes reparos de otra índole. En un encuentro mantenido en mayo de 1940 entre el general Carmona y Salazar con el nuevo embajador italiano en Lisboa, Renato Bova Scoppa, los portugueses se apresuran a manifestarle la esperanza de que Italia permanezca también neutral puesto que ello era “una condición para la salvación de Europa”. Para Lisboa, la entrada en guerra de Italia contribuiría a dar al conflicto europeo un carácter de lucha entre las dictaduras y las democracias que perjudicaría las relaciones históricas de Lisboa con Londres
[14]. En realidad algo de eso ocurría también con la Turquía kemalista, pero también, aunque en menor medida, con el régimen franquista. Era evidente que existían simpatías hacia la Alemania nazi, pero también un cierto temor por su dominio absoluto y el desbarajuste general del equilibrio de poder en toda la zona del Mediterráneo.

Ioannis Metaxas, impulsor de un régimen autocrático en Grecia en los años treinta.





El caso de Grecia es la excepción que confirma la regla. El “régimen del 4 de agosto” (de 1936) de tipo netamente fascista e instaurado por el general Ioannis Metaxas, también buscó la neutralidad a pesar de las naturales simpatías políticas hacia las potencias ideológicamente afines por entonces dominantes en Europa. Metaxas tenía en común con Franco, İnönü, y el general Carmona una capacidad realista en la evaluación de las realidades geoestratégicas y las capacidades militares propias y ajenas, y sabía que Grecia, con sus tres mil islas en el Egeo, no podía menospreciar el poder de la flota británica en la defensa del equilibrio realmente existente en el Mediterráneo Oriental. Paradójicamente, el país fue arrancado de su neutralidad en contra de los grandes planes geoestratégicos de Hitler, por obra de las ambiciones locales italianas expresadas en el ultimátum del 28 de octubre de 1940. Aún así, Metaxas intentó mantener la victoriosa guerra contra Italia cuidadosamente separada del conflicto global que vivía Europa. El resultado fue una situación paradójica, puesto que Grecia no estaba en guerra con Alemania ni era formalmente aliada de Gran Bretaña
[15]. La irreal situación se vio reforzada por el hecho de que Metaxas se opuso a la presencia de tropas británicas en suelo griego hasta su muerte, acaecida el 29 de enero de 1941. Su sucesor, Alexandros Korizis, permitió la internacionalización del conflicto, aunque poco tiempo después, el 18 de abril, se suicidó en extrañas circunstancias.


Partidarios de Metaxas se manifiestan en Atenas antes de la guerra




En definitiva, Turquía, junto con España, Portugal y Grecia coincidían en 1939 en poseer regímenes de corte autoritario que incluían el recurso a utilizar instituciones administrativas o incluso políticas importadas de las potencias fascistas más relevantes por aquel entonces. Todas ellas se situaban en el ámbito mediterráneo y la mayoría (a excepción de España) fueran partidarias de alianzas estratégicas con los Aliados
[16]. Y asimismo, sus gobiernos intentaron mantenerse al margen de la contienda global que estalló ese año. Para todos, la entrada en guerra de Italia fue vista como un trastorno o incluso una amenaza. Las razones eran de tipo estratégico, lo que hizo que tanto Grecia como Turquía, se sintieran alarmadas por los designios expansionistas de Roma. Pero además, y en mayor o menor medida se produjo una peculiar frustración: para Metaxas, como lo había sido para Kemal Atatürk, Italia era un modelo referencial en la construcción del nuevo estado.

Por ende, todas las autocracias neutrales poseían algo en común, la verdadera razón para mantenerse al margen de la contienda: en todos los casos se trataba de preservar a regímenes recientemente instaurados y por lo tanto, frágiles. El ejemplo más llamativo era, posiblemente, el de la España franquista, que había salido muy recientemente de una devastadora guerra civil y cuyo régimen estaba embarcado todavía en una dura represión de opositores o meros sospechosos de serlo. El kemalista turco también estaba consolidándose. La guerra contra los griegos había terminado casi veinte años antes, pero en realidad había sido el último capítulo de un rosario de conflictos bélicos que había comenzado en 1911 y se habían sucedido casi son solución de continuidad, incluyendo la Gran Guerra, de 1914 a 1918. El país estaba empobrecido y su pirámide demográfica, muy distorsionada. El nivel de vida de la población no había mejorado, todo lo contrario. La guerra y el aislamiento contribuyeron a una grave depauperación. Además, sectores enteros de la economía estaban desatendidos, especialmente la agricultura. Y no debe olvidarse que Kemal Atatürk había introducido reformas de un radicalismo tal que la sociedad todavía las estaba digiriendo con dificultad: en cierta manera, la revolución turca, que había tenido mucho de huida hacia delante, seguía aguantándose por alfileres en 1939. Y tras la muerte del líder fundador, se imponía la necesidad de mantener durante algunos años la estabilidad social, dado que en el país estaban latentes pulsiones étnicas, culturales o religiosas potencialmente desestabilizadoras. Por lo tanto, las alegaciones de Franco e İnönü sobre la falta de preparación militar y económica de sus países respectivos, no eran fantasías; aunque evitaban hacer referencia a la inexitencia de entusiasmo bélico entre españoles y turcos.

Portugal y Grecia constituían un caso relativamente diferente. Ni Salazar ni Metaxas habían llegado al poder a partir de una guerra, y de hecho los griegos demostraron un gran ardor guerrero contra los italianos en la campaña de 1941. Pero en ambos casos, los “hombres providenciales” sabían que entrar en la Segunda Guerra Mundial sería el final del aparato estatal y político que habían construido. El destino de Grecia fue un ejemplo que debió horrorizar a los observadores portugueses, españoles y, sobre todo turcos, más conscientes: la ocupación italo-germana dio lugar al surgimiento de una potente resistencia comunista y a una larga y muy dura guerra civil que la derecha sólo pudo ganar gracias al apoyo militar británico y norteamericano. Pero 1948 no trajo el regreso del régimen de Metaxas, mientras que por esas fechas, Franco, Salazar y e İnönü seguían al frente del poder en sus respectivos países.

[1] Vid.: Pablo Martín Asuero, “España-Turquía, 1700-1923, caminos paralelos hacia la modernidad”, pags. 275-289 en: Pablo Martín Asuero (ed.), España-Turquía. Del enfrentamiento al análisis mutuo, Ed. İsis, Estambul, 2003; vid. en especial pág. 281
[2] Sinan Kuneralp, “El intento de construir una base en la costa del Mar Rojo (1885-1887) y la reacción española”, pags. 271-274, en: Pablo Martín Asuero (ed.), op. cit.; vid. pag. 271.
[3] Véase Archivo Fundación Nacional Francisco Franco (en adelante AFNFF), documento 5630 y 5686, julio 1943.
[4] AFNFF, documento 5703, noviembre de 1943.
[5] La bibliografía sobre la posición española ante el conflicto internacional es ingente. Para la fórmula jurídica de la no beligerancia o prebeligerancia, señalaremos entre otros a víctor Morales Lezcano, Historia de la no beligerancia española durante la Segunda Guerra Mundial, Valencia-Las Palmas, 1980. Asimismo, A. Egido León, “Franco y la Segunda Guerra Mundial. Una neutralidad comprometida”, en Egido León, A. y Eiroa, M. (ed.), Los campos de concentración franquistas en el contexto europeo, en Revista Ayer, nº 57, 2005 (1).
[6] M. Heiberg, Emperadores del Mediterráneo. Franco, Mussolini y la guerra civil española, Ed. Crítica, Barcelona, 2003. Javier Tusell, Franco y Mussolini. La política española durante la II Guerra Mundial, Barcelona, 1985.
[7]Gustau Nerín y Alfred Bosch., El imperio que nunca existió. La aventura colonial discutida en Hendaya, Plaza y Janés, Barcelona, 2001.
[8] Selim Deringil, Turkish foreign policy during the Second World War: an “active” neutrality, Cambridge University Press, Cambridge, 1989; vid. pags. 97-103 para la actitud de Ankara ante el colapso de Francia y la entrada de Italia en guerra.
[9] Tras la caída de Mussolini en julio de 1943, el archipiélago del Dodecaneso, en manos italianas, fue rápidamente ocupado por los alemanes. Los intentos británicos de ocupar y mantener Kos y Leros terminaron en un desastre militar en noviembre de 1943. Churchill había calculado que la ocupación británica de las islas del Dodecaneso y su posterior cesión a Turquía podría ser una baza para lograr su participación e la guerra, pero la eficaz reacción alemana mostró lo que podrían hacer sus aviones con objetivos como İzmir o Estambul. Vid.: Selim Deringil, op. cit., pags.149-151
[10] En realidad, los turcos jugaron un papel algo más sofisticado, puesto que ante los alemanes usaron el argumento de la resistencia a ultranza ante cualquier intento de invasión, mientras que cara a los aliados se recurrió al argumento contrario: la incapacidad defensiva producto del mal estado de las fuerzas armadas. Ibídem, pag. 121
[11] De hecho, ya el 26 de agosto de 1931, tras la proclamación de la Segunda República en España, tuvo lugar una aparatosa intentona contra el régimen portugués, que incluyó el bombardeo aéreo de instalaciones militares en Lisboa por parte de aviones rebeldes, además de escaramuzas entre alzados y gubernamentales en diversas ciudades. Desde entonces, la tensión diplomática no cesó de crecer entre ambos países a lo largo de los años de la Segunda República española, pues cada uno se convirtió en territorio de asilo para los refugiados políticos del otro. Vid. para un relato detallado de tales vicisitudes: César de Oliveira, Portugal y la Segunda República española, 1931-1936, Eds. de Cultura Hispánica, Instituto de Cooperación Iberoamericana, Madrid, 1986
[12] António Telo, Portugal na Segunda Guerra, Perspectivas & Realidades, Lisboa [1987], pags. 307-308
[13] En el otoño de 1941, Salazar incluso barajaba la posibilidad de aconsejarle a Gran Bretaña que siguiera su ejemplo y pactara con Alemania en las mejores condiciones posibles; en buena medida, ello venía dictado por el deseo que evitar que los ingleses ocuparan las Azores o desmembraran el imperio colonial portugués. Vid. Antóno Telo, op. cit., pags. 416-417
[14] António Telo, op. cit., pag. 128
[15] John S. Koliopoulos, “Metaxas and Greek foreign relations, 1936-1941”, pags. 85-110, en: Robin Higham and Thanos Veremis (eds.), The Metaxas Dictatorship. Aspects of Greece, 1936-1940, ELIAMEP-the Speros Basil Vryonis Center for the Study of Hellenism, Athens, 1993; vid. Pag. 100
[16] No fueron las únicas: la Rumania del rey Carol II fue asimismo un régimen de corte fascista, aunque en 1938 liquidara violentamente al movimiento de la Guardia de Hierro, también fascista pero de tendencias pro germanas e italianas. Vid.: Francisco Veiga, La mística del ultranacionalismo. La Guardia de Hierro, 1919-1941, Publicacions de la Universitat Autónoma de Barcelona, Bellaterra, 1989; vid. cap. IX: “Una dictadura contra el fascismo”, pags. 183-204. Los regímenes fascistas o autoritarios partidarios de los Aliado parecían confiar, en mayor o menor grado, en la reactivación del Frente de Stressa de 1935: Francia, Italia y Gran Bretaña aliadas en el apoyo a la independencia de Austria, y contra la potencia alemana emergente.

jueves, diciembre 07, 2006

El arte de transformar un problema en solución. El papel de Slobodan Milošević en Dayton, noviembre de 1995

Título original: “L’arte di trasformare un problema in soluzione. Il ruolo di Slobodan Milosevic a Dayton, novembre 1995”

Jornadas: "Dayton dieci anni dopo. Guerra e pace nella ex Jugoslavia", Università degli Studi, Roma Tre, Roma, 21-23 de noviembre, 2005



El 6 de mayo de 1993 fracasó el plan Vance-Owen en Pale. Slobodan Milošević, que creía poder controlar a los serbios de Bosnia, fue humillado por ellos. Además, ya no tendría más oportunidades de culminar el plan que se había propuesto desde el comienzo de la guerra: el reparto de Bosnia-Herzegovina con los croatas. Durante el resto del año y más allá, Bosnia descendió hasta las profundidades del caos en una guerra dantesca de todos contra todos.

Así la situación, Washington tanteaba la forma de poner en marcha un plan ya desde la misma llegada del nuevo presidente Bill Clinton a la Casa Blanca, en enero de 1993. A diferencia de su antecesor, George Bush, el nuevo presidente consideraba que la situación en los Balcanes era uno de sus objetivos preferentes en política exterior, en el marco de una acción más global que consideraba las posibilidades del denominado “derecho de injerencia”, una idea muy en boga por entonces.

Por su parte, Milošević se mostraba cada vez más colaboracionista con las grandes potencias. Tras el fracaso del siguiente intento de mediación, protagonizado por el Grupo de Contacto, Slobo denunció pública y personalmente a los serbios de Bosnia como causantes del nuevo resbalón, lo cual era totalmente cierto. La prensa del régimen de Belgrado incluso sacó a la luz los trapos sucios de los dirigentes de Pale. Además, se cortaron las comunicaciones con la Republika Srpska; y el río Drina, la frontera natural, quedó bloqueada. Ante las potencias occidentales, Milošević estaba mucho mejor considerado. Creían cada vez con mayor firmeza que era un “político maduro”, el único de Serbia que tenía visión de futuro, deseaba la paz y era la clave de la paz para Bosnia.

La actitud de Milošević continuó siendo colaboracionista cuando el Ejército croata lanzó sus ofensivas de primavera y verano en 1995 contra la Krajina serbia: el Ejército yugoslavo no intervino. Por supuesto, la acción croata era una pieza más en el diseño de un plan de acción diseñado por los norteamericanos, consistente en simplificar el enrevesado mapa que había dibujado cuatro años de guerras en el mapa de Croacia y Bosnia. Como mínimo, se sabe que Milosevic había reconocido ante Tudjman su intención de no interponer sus fuerzas armadas en la ofensiva croata, a lo largo de una serie de encuentros secretos que el serbio mantuvo con Hrvoje Sarinić, el enviado especial del presidente croata.

Para entonces, los norteamericanos estaban centrados en desarrollar un plan que solucionara las guerras estancadas de la ex Yugoslavia, tanto la de Croacia como la de Bosnia. En este segundo caso, el plan norteamericano, secundado al menos parcialmente por las potencias del Grupo de Contacto, implicaba simplificar el mapa de Bosnia para organizar después la definitiva conferencia de paz. La parte militar del plan suponía dar luz verde a los serbios de Bosnia para que tomaran los enclaves de Srebrenica, Žepa y Gorazde y respaldar activamente a los croatas para que liquidaran la denominada República Serbia de Krajina en territorio propio, para después pasar a Bosnia por la frontera suroeste y avanzar con las fuerzas musulmanas sobre Banja Luka. Esto obligaría a los serbios de Bosnia a claudicar y negociar. El plan funcionó con precisión, incluyendo la intervención de la OTAN a finales de agosto, que más que eficacia militar real, supuso el aval de las grandes potencias occidentales a todo el conjunto. Pero se produjo un fallo: la trágica matanza de Srebrenica. Por fortuna para sus autores, casi nunca se relacionó el suceso con el conjunto del plan y en su momento, sirvió para minimizar los correspondientes desmanes croatas. Eso sucedió el 9 de agosto de 1995, cuando Madeleine Albright denunció por vez primera las matanzas cometidas por los serbios de Bosnia un mes antes, el mismo día en que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas proponía la condena contra Croacia por los abusos cometidos en la Krajina.

En todo este tiempo, Slobodan Milošević iba claramente a remolque de los acontecimientos. A poco de comenzar los bombardeos de la OTAN, sus nervios cedieron y un día incluso acudió bebido a una reunión con Carl Bildt –enviado de la UE. Casi con toda seguridad, Slobo no había creído que llegaría ese momento. Durante la crisis de Srebrenica, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Andrei Kozirev, había puesto su mejor expresión aniñada para insistir en que no se debían fomentar las esperanzas del bando musulmán en una intervención militar internacional que no se iba a producir. Pero ahora, en septiembre, alguien parecía haber roto la baraja, las reglas del juego habían variado completamente y Slobo no tenía margen de maniobra.

Poner fuera de juego a Milosevic formaba parte del plan. En parte, lógicamente, para conjurar la interferencia potencialmente más peligrosa: Serbia. Pero además, porque era necesario anular el aura de Milosevic como estadista. Y por último, porque también había que desmontar la alianza subterránea entre Milosevic y Tudjman para el reparto de Bosnia-Hercegovina, que incluso se había llegado a materializar en una alianza formal firmada el 19 de enero de 1994, y en la colaboración ocasional –aunque no escasa- entre unidades militares croatas y serbias en Bosnia.

En realidad, el objetivo era tanto más complejo porque en último término se trataba de convencer a todas las partes en conflicto sin destruir a ninguna, buscando un equilibrio de fuerzas. Por lo tanto, más que de anular completamente a Milosevic, de lo que se trataba era de manipularlo para convertirlo en un factor de resolución.

Por fin, él mismo dió la señal cuando a comienzos de octubre el mismo Slobo utilizó como intermediario al presidente montenegrino Bulatović para explicar a los norteamericanos que si las tropas croatas y musulmanas liquidaban la Republika Srpska, eso significaría que centenares de miles de refugiados huirían hacia Serbia, uniéndose a los más de 200.000 que había producido el hundimiento de la Krajina y a los otros centenares de miles que habían escapado de Bosnia desde 1992. El impacto de esa masa de refugiados en un país empobrecido por tres años de sanciones económicas sería imprevisible. Posiblemente se producirían revueltas sociales, quizá caería el régimen. En ese momento los americanos contaban con Slobo para coordinar las negociaciones por la parte Serbia, él tenía la clave. ¿Podrían permitirse el lujo de prescindir de Slobo en un momento tan delicado?

Holbrooke intervino. Telefoneó a Tudjman y le pidió que paralizara la ofensiva. Las tropas croatas se detuvieron a veinte kilómetros de Banja Luka, la principal ciudad de la Republika Srpska. El día 12 de octubre se firmó un alto el fuego general. La guerra de Bosnia había terminado.

Una vez firmado el alto el fuego, la culminación de aquel ballet tan precisamente diseñado fue una conferencia para ultimar los detalles del plan de paz, en una lejana base aérea de la USAF, Wright-Patterson, en Dayton, Ohio. Negociaciones a cara de perro lejos de factores como los sobreexcitados parlamentos balcánicos, la prensa manipulada, la presión de las naciones machacadas por la guerra; nada de paralizar las conversaciones para denunciarse unos a otros ante los micrófonos: concentración y secreto hasta el final. Los americanos ya habían probado la eficacia de esta modalidad diplomática "a presión" en las conversaciones de paz para Oriente Medio desarrolladas en Noruega entre Yitzhak Rabin y Yasser Arafat, en enero de 1993. Así fue como el 1º de noviembre de 1995 se reunieron en Dayton las tres delegaciones negociadoras: una por la República Federal de Yugoslavia (Slobodan Milošević y Momir Bulatović), otra por la República de Croacia (Franjo Tudjman) y la tercera, encabezada por el presidente Alija Izetbegović, por Bosnia-Hercegovina. Los croatas y serbios de Bosnia también enviaron sus representaciones, pero sin voz ni voto.

De esa forma, Washington organizó una de las páginas más brillantes de la historia de la diplomacia, con un tempo trepidante y espíritu de thriller cinematográfico, tal como se desprende de la principal fuente de información que sigue siendo el detallado relato de Richard Holbrooke.

Convertir el problema en solución fue uno de los mayores éxitos de las conversaciones en Dayton. En aquellos momentos hacía referencia, básicamente, a la figura de Slobodan Milosevic aunque, paradójicamente, Franjo Tudjman y Alija Izetbegovic plantearon muchos más problemas a la hora de solucionar los diversos contenciosos que llevaron al acuerdo final. El primero era un pelmazo aburrido que a la primera de cambio tendía a soltar lecciones sobre la gloriosa historia de Croacia a través de los siglos y los siglos. También dedicaba un cierto tiempo a demostrarse que no tenía nada de fascista.

Izetbegović llegó con un gesto austero, obstinado e implacable; y se marchó de la misma forma. Tenía sobradas razones para sentirse así, porque además los americanos no le habían tratado realmente como el presidente de Bosnia que era. Invitar a Tudjman y Milošević a las conversaciones era admitir que Croacia y Serbia tenían algo que decir sobre un estado teóricamente soberano. Ese había sido el argumento elemental que habían mantenido Slobo y Franjo desde el comienzo de sus reuniones secretas en Karadjordjevo. Pero al fin y al cabo los americanos y los croatas habían hecho lo que venía pidiendo desde 1992: que le sacaran las castañas del fuego. En Dayton